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Misa del Gallo

No hace falta sentir la fe religiosa para darse cuenta de la belleza de una misa de medianoche en una capilla de hospital

Durante muchos años, mis padres nos llevaban a la Misa del Gallo en la capilla de la Cruz Roja de Palma. No solía ir mucha gente, tan sólo parientes de enfermos que estaban ingresados en el hospital, o bien familias de médicos que tenían la costumbre de ir a aquella misa porque sentían un vínculo especial con sus pacientes. Cuando terminaba la misa, algunos niños acompañábamos al cura a dar la comunión a los enfermos. Atravesábamos los largos pasillos, nos metíamos en las habitaciones -que eran grandes y frías y destartaladas- y mirábamos embobados a los enfermos que tomaban la comunión. Algunos ni siquiera podían hablar. Otros nos miraban con sorpresa, como preguntándose qué diantres estábamos haciendo allí. Y otros nos sonreían encantados porque agradecían que alguien se hubiera acordado de ellos. Después volvíamos a atravesar el pasillo, acompañábamos al cura a la sacristía -que era también una estancia fría y destartalada-, y luego nos poníamos los abrigos y las bufandas y todos regresábamos a casa.

Hoy me acuerdo de aquellas lejanas misas del Gallo porque pocas veces he asistido a una ceremonia tan sencilla y a la vez tan hermosa. No hace falta sentir la fe religiosa para darse cuenta de la belleza de una misa de medianoche en una capilla de hospital. Los familiares de los enfermos agradecían que aparecieran por allí niños y familias enteras -gente feliz, gente sin aparentes preocupaciones, gente que podría haber estado en sitios mucho más divertidos e interesantes-, y que al final de la misa los niños acompañásemos al cura a visitar a los enfermos. Y esa gratitud flotaba en el aire y lo invadía todo. Y llegaba un momento en que todos sentíamos que formábamos parte de algo que no sabíamos muy bien qué era, algo que venía de muy lejos y que nos sobrepasaba y nos hacía sentir su presencia misteriosa, una presencia que no nos inquietaba y que tampoco teníamos ninguna necesidad de descifrar ni de comprender.

Han pasado muchísimos años desde aquellas misas del Gallo, y aunque he descubierto miles de cosas nuevas, y he vivido cosas que nunca imaginé que llegaría a conocer, sigo echando de menos aquel sentimiento que sólo sentí allí, en la capilla y en las habitaciones de los enfermos. No sé muy bien qué era ni sabría definirlo ni explicarlo, pero daría todo lo que fuese por volver a sentirlo una vez más.

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