Fragmentos

Juan Ruesga Navarro

Nieva en Sevilla

ERA un niño cuando nevó en Sevilla. 3 de febrero de 1954. Hoy hace sesenta años. Había anochecido. A través de los cristales del balcón de casa vi caer unos puntos blancos que poco a poco fueron cuajando en el suelo y en los paraguas de las pocas personas que pasaban por la calle. Alguien de la familia dijo: está nevando. Por fin sabía cómo era de verdad esa fina capa blanca, que hasta entonces sólo había visto en los belenes, hecha con polvos de talco sobre los trozos rugosos de corcho.

A la mañana siguiente la ciudad era una belleza. En muchas familias se han repasado durante años las fotos de aquel día. Las azoteas y las plazuelas se convirtieron en improvisados lugares de juego para muchos de nosotros. De Santa Paula a San Marcos, de Santa Isabel a Los Terceros y Santa Catalina. El jardín de mi colegio era más atractivo que de costumbre. Y teníamos la sensación de que algo especial, algo extraordinario había ocurrido. Algo parecido les debía ocurrir a los exégetas de la ciudad. Les transcribo un fragmento de una crónica de aquel día, que nos sitúa en la época y en el estilo de la información del momento, en los más que difíciles años cincuenta: "...al quedar cubiertas por los limpios copos calles y plazas, fueron muchísimos los sevillanos que abandonaron la acogedora tibieza de los hogares para gozar del bellísimo espectáculo. (...) Las vías hispalenses se poblaron de numerosos grupos de jóvenes, que en el albo escenario entablaron incruentas batallas con níveos proyectiles y pusieron a contribución sus dotes artísticas en la elaboración de los clásicos muñecos, expresivísimos en sus actitudes, grotescas o perfectamente normales". Y así una página. Demasiado para el cuerpo.

A pesar de todo, la nieve se fue derritiendo y se formaron sucios montones y charcos por todas partes. Y hubo algunos resbalones y contusiones. Varios trenes tuvieron retrasos y en algunas haciendas de olivar próximas a la capital, hubo cuantiosos daños al desgajarse las ramas de viejos olivos del peso de la nieve. La ciudad real reapareció. La Sevilla de los años cincuenta, con todas sus carencias y ese tono gris que recuerdo bien. La ciudad de todos los días. La nevada parecía una ilusión. Sólo habían sido unas horas en realidad, pero siempre he recordado la fecha y las imágenes.

En Sevilla esperamos de vez en cuando que ocurra algo extraordinario, como una nevada que cubra todo, como esas casas que tienen tapados los muebles por blancos lienzos, y que nos atraen por el encanto poético de lo que pueda aparecer cuando los retiremos. Bajo una nevada se suavizan los perfiles y todo tiene un aspecto noble e insólito. Pero en Sevilla la nieve no dura mucho. Y siempre reaparece nuestra mediocridad agrisada. Los edificios vacantes, sin más futuro aparente que el deterioro. Los proyectos que se reformulan una y otra vez. Las piezas significativas de nuestro patrimonio arquitectónico, que se desvirtúan por las intervenciones, cuando no se alteran significativamente y para siempre. Una buena capa de nieve todo lo tapa, pero el día siguiente es decepcionante.

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