Nostalgia de Molly Bloom

A ver si me recogen el guante Paco Correal y Antonio Rivero Taravillo y sacamos de sus dulces asuntos a Maesso

Para un par de generaciones -entre las que más o menos me hallo- una de las frases-mantra preferida es el leitmotiv de una película inolvidable, Esplendor en la hierba. Elia Kazan le hizo un film a los versos de William Wordsworth: "Aunque ya nada pueda devolvernos la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos porque la belleza subsiste en el recuerdo". Natalie Wood y Warren Beatty le pusieron rostro -y morbazo- a esa historia de amor, dándole cuerpo a la nostalgia de los años sesenta. Pocos años más tarde, para los adolescentes setenteros y jóvenes de los ochenta (cuando la pubertad y la juventud no eran eternas) ese mismo sentimiento tuvo otra letra, el inolvidable monólogo del replicante de Blade Runner: "Todos estos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia". Si Ridley Scott cobrara por cada vez que la usamos copaba la lista Forbes. Aunque, para frase melancólica la de Simone Signoret titulando sus memorias, La nostalgia ya no es lo que era. Qué fuerte y qué raruna la nostalgia, puedes sentirla apenas empezando a vivir. Recuerdo por ejemplo sentir algo, que aún no sabía nombrar, cuando me regalaron mi primera caja de música y sonaba Solamente una vez se ama en la vida. Tenía seis años.

Esta semana pasada, justamente el 16 miércoles, he sentido una intensa nostalgia del Bloomday sevillano. El único día en el mundo que se celebra un libro (que no sean la Biblia o el Corán), una extravagancia de Irlanda como homenaje al más y menos irlandés de sus genios (Joyce que ha descrito magistralmente a su país y sus paisanos prefería Francia o Trieste a las verdes colinas de su tierra) y que es una cita ineludible en Dublín y en alguna otra ciudad, hasta bien poco en la nuestra. A decir de unos de sus incansables impulsores, Juan Antonio Maesso, Sevilla es muy Irlanda. Aserto refutable sin duda, si no es con unas pintas y una tapa de riñones en el desaparecido pub Flaguertti y por la perseverancia de gente como él. Algún día daremos las justas gracias por todo lo que le debemos a ese equipo de la Diputación de Sevilla - y la añorada Fundación Luis Cernuda- que tanto ha hecho por nuestro pulso cultural. Algunas de sus obras persisten, otras languidecen, retirados a sus palacios de invierno los que la hicieron posible, desgarradoramente desaparecidos algunos. Es cierto que el Bloomday sevillano era un acto sencillo, humilde, de unos cuantos devotos estrafalarios y entusiastas. Pero nos ponía en el mapa joyciano de la literatura que no muere. ¿Nunca más en Sevilla? La nostalgia se pone fea cuando deviene en actitud vital. No me resigno. A ver si me recogen el guante Paco Correal y Antonio Rivero Taravillo y sacamos de sus dulces asuntos a Maesso para devolverle a Molly su sonrisa (tan carnal).

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