Las claves

Pilar Cernuda

PSOE, del desánimo a la esperanza

Estrategia. Sánchez da un golpe de efecto con vistas al 26-J con los fichajes de Robles y Borrell, amén de cohesionar a los barones en torno a él: sabe que no dispondrá de una tercera oportunidad.

15 de mayo 2016 - 01:00

EL pasado martes sonó el móvil de la juez del Tribunal Supremo Margarita Robles. Era Pedro Sánchez. El secretario general socialista buscaba una mujer con suficiente atractivo, trayectoria y personalidad como ocupar el puesto dos de la lista de Madrid, que él encabezaba. Se trata del número más importante de la lista de cualquier partido, el que sigue al candidato.

Robles no lo dudó mucho: no es militante del PSOE porque no puede serlo un juez en activo, pero su cercanía al partido es conocida desde hace años, así como su colaboración en diferentes etapas. Había sido además secretaria de Estado de Interior cuando Juan Alberto Belloch era ministro de Justicia e Interior y en aquellos dos años Robles demostró su fortaleza para luchar contra el terrorismo de ETA en una de las etapas más sangrientas de su historia. Demostró que no se atenía a consignas y que actuó siempre conforme a su criterio profesional y personal.

Desde entonces ha seguido muy de cerca lo relacionado con la lucha contra ETA, por interés y por su extraordinaria relación con los dirigentes socialistas muy vinculados a ese combate, los ex ministros Antonio Asunción y Alfredo Pérez Rubalcaba.

Con su fichaje, recibido con satisfacción por el partido y por la prensa -muy importante para cualquier candidato a presidir el Gobierno-, Sánchez recuperó el ánimo perdido e insufló una inyección de esperanza a su formación. Porque después de días en los que eran visibles las huellas de la frustración, parecía recuperar su optimismo habitual, la fuerza que sacaba de dentro cuando parecía que todo jugaba en contra.

Llamar a Robles no fue la única decisión con la que intentaba poner en marcha: reformaba el llamado comité de sabios con Josep Borrell, un ex ministro de Felipe González y ex secretario general del PSOE muy querido en el partido; daba más protagonismo a Ángel Gabilondo y además volvía a coger el teléfono para hacer una nueva llamada importante. A Susana Díaz. Días antes, Guillermo Fernández Vara, presidente de Extremadura, daba a entender que la sevillana era la persona indicada para ocupar la Secretaría General socialista después del congreso que se celebrará tras las elecciones. No era ningún secreto el distanciamiento entre Díaz y Sánchez desde hace tiempo, aunque en público siempre han mantenido las formas.

El secretario general le pidió que le presentara como candidato en el acto de proclamación de ayer y la presidenta andaluza no lo dudó. El PSOE, que atraviesa una de las etapas más complicadas de su historia, con un pésimo resultado el 20 de diciembre, unas negociaciones para formar Gobierno que no han estado exentas de situaciones humillantes, y que han sido un varapalo personal y político para Sánchez, tiene sin embargo la virtud de que su gente es leal a las siglas y al partido por encima de cualquier otra circunstancia.

Sobre todo cuando vienen mal dadas, como ahora. Y en las semanas que faltan hasta el 26 de junio veremos ocasiones sobradas en las que dirigentes que no han ocultado en público y en privado sus críticas a Sánchez, van a aparecer a su lado con el entusiasmo que mostrarían si estuvieran convencidos de que cuentan con el candidato más sólido para arrasar en las elecciones.

¿Cuál es la clave de que el PSOE sea hoy una piña en torno a Sánchez? Las elecciones. El futuro del partido, no sólo de su líder, se juega el 26-J. Lo saben todos los socialistas, los veteranos y los recién llegados, los barones regionales -convocados en Ferraz para fomentar la imagen de unidad-, los colaboradores más próximos de Sánchez y los que lanzan venablos contra sus colaboradores más próximos.

Una vez que éste ha dejado atrás melancolías y parece decidido a dar el do de pecho para iniciar la remontada corrigiendo los muchos errores cometidos, los ejemplos de adhesión inquebrantable serán moneda corriente hasta los comicios. Pero sólo seguirán los gestos de adhesión si efectivamente hay remontada. Lo saben todos y el primero Sánchez: no tendrá una tercera oportunidad.

La incorporación de nuevos nombres al equipo o a las listas, además de aportar experiencia, pretendía pasar página a la inquietud que han provocado días atrás determinadas deserciones o pasos atrás.

Ferraz intentó minimizar la relevancia de la renuncia de Carme Chacón a encabezar la lista de Barcelona, pero hizo daño. Como ha herido que Sánchez se empeñara en no subir puestos en Madrid a Eduardo Madina. Y su empeño en mantener a Zaida Cantero, fichaje para el 20-D que no gustó a nadie en el PSOE.

Como ha hecho mucho daño la renuncia de Luz Rodríguez a estar en la lista de Guadalajara tras ser desplazada de la madrileña en diciembre para incrustar a Cantero y a la ex UPyD Irene Lozano, movimientos que provocaron desazón en el partido. Rodríguez es experta en economía y relaciones laborales, muy apreciada en el partido, y ha decidido incorporarse a su actividad profesional, evidentemente por discrepancias con la línea de Sánchez.

La situación interna del partido no es, por tanto, la más sólida para iniciar una nueva y decisiva campaña, pero Sánchez se ha puesto en cabeza de la manifestación sacando fuerzas de flaqueza y con un espíritu que ha obligado al partido a ponerse a tono. Por lealtad a la formación, hay que insistir en ello. Y Sánchez es perfectamente consciente de ello.

En esa campaña que se ha iniciado antes incluso de que el Rey firmara el decreto, pues se puso en marcha el mismo día que se quebró la posibilidad de un Gobierno entre PSOE y Podemos tras un nuevo gesto de chulería de Pablo Iglesias -precedido por muchos otros, y que Sánchez no supo analizar, sopesar-. El rival principal de los socialistas es Podemos, el partido que acaba de llegar a un pacto con IU en su estrategia en convertirse en el referente de la izquierda, y que también se ha tomado como prioridad abatir al PSOE y conseguir más escaños que los socialistas.

Veremos a unos candidatos socialistas que criticarán al PP por tierra, mar y aire, e insistirán en la derogación de algunas de las más importantes leyes aprobadas por Rajoy, al que acusarán de recortar gravemente los derechos sociales. Mantendrá el PSOE la misma línea argumental que en la campaña anterior, porque lo exige el guión: el principal partido de la oposición está para criticar al Gobierno. Pero las frases e iniciativas más incisivas se cruzarán entre PSOE y Podemos, entre Sánchez e Iglesias.

Podemos intentará ningunear al PSOE presentándose como la gran fuerza de la oposición porque con las confluencias más IU suma más votos que los socialistas y, para insistir en esa imagen de segunda fuerza, Iglesias pretende exigir a Rajoy un cara a cara como el que mantuvo con Sánchez.

Por tanto, no lo tiene fácil Sánchez. Rajoy irá contra él y lo acusará de no aceptar el resultado de las elecciones anteriores, provocar unas nuevas e intentar pactos espurios. Ciudadanos, como ha quedado demostrado, no suma suficiente para permitir a Sánchez convertirse en presidente... y Podemos va a por los votos del PSOE porque Iglesias pretende ser lo que hoy es Sánchez, líder de la oposición. Primer escaño para alcanzar su último objetivo, ser lo que hoy es Rajoy, presidente del Gobierno.

No lo tiene fácil Sánchez... pero esta última semana ha vuelto a tomar las riendas del PSOE para convertirlo nuevamente en un partido de Gobierno.

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