Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

Pedro Foster

TENDRÁN noticia del estreno aquí de la película biográfica Florence Foster Jenkins, una adinerada estadounidense tan apasionada de la ópera como desastrosa a la hora de hacer de soprano. No es que no tuviera oído, porque dicen que fue una excelente pianista, una carrera que se frustró por un accidente fatal en una mano, pero cantando -hay grabaciones-era peor que su propia caricatura grotesca. La gracia, o triste guasa, de su historia está en que la Foster organizaba fiestorros espectaculares para deleitar a un conspicuo plantel de invitados, entre los que en algún evento se encontraban los propios Caruso y Cole Porter, qué apuro tan grande. Era un secreto a voces: los espectadores asistían a un espectáculo cómico. Aparte de a comer y beber con lujo, iban a desternillarse, conteniendo a duras penas los típicos sonidos nasales que acompañan al despelote. No conozco a fondo la historia ni he visto la película, y quiero creer que la diva patética era consciente de ello y le importaba un pimiento: ella montaba sus saraos para darse el gustazo. "Ándeme yo caliente y ríase la gente", como proponía Góngora en un poema. Este síndrome de la vanidad que ignora las propias limitaciones es un trasunto de la fábula del rey desnudo: tanto te dicen que eres algo -guapo, talentoso, elegante- aun no siéndolo y hasta siendo todo lo contrario, acaba uno por creérselo. Habrán conocido montañas de casos a lo largo de sus vidas.

Al saber de este personaje, no hemos podido evitar pensar en algunos políticos y adláteres de nuestro emporcado entorno institucional. Apuesto a que Rita Barberá, en sus laureles, se creería una Margaret Thatcher con alma de fallera, y a que Rodrigo Rato llegó a pensar que él era un economista político que constituía una secuela mejorada de Keynes (o mejor, de Hayek). Por no hablar de la permanente levitación de Gran Hombre en la que vive Pablo Iglesias. Hemos visto a rasputines de la política realmente convencidos de ser alguien, que cuando pierden la manija otorgada a dedo se desinflan y hasta deprimen, volviendo a su ser y a su amor, tan limitados. Y qué decir del hombre de la semana -y hasta del negro año político-, Pedro Sánchez. ¿Quiénes le dijeron, y se lo repitieron hasta la convencerlo, que había en él un gran político con enorme futuro, un estadista de la izquierda del XXI? ¿Quién le atizó la ambición y la soberbia, con tan poca base y recorrido? Quizá fue su hermana de tragedia shakesperiana, Susana. Quien, por cierto, también arroja síntomas claros de sufrir el Síndrome del Rey Desnudo.

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