el poliedro

José / Ignacio Rufino

Richard Gere se come el donut

La cara oscura del 'private equity' la simbolizan empresas que son meros peones, sacrificables a unas malas

21 de septiembre 2013 - 01:00

QUIZÁ recuerden el dilema ético y filial que se le plantea a un joven y ambicioso Bud Fox (Charlie Sheen) que trabaja para el acerado Gordon Gekko (Michael Douglas), rey de la sabana de Wall Street en la película del mismo nombre, cuando le encargan comprar unas aerolíneas para, como es oficio de su rutilante nueva compañía, desguazarla, venderla por partes, sacar un buen TIR en un par de años y venderla por un precio residual o dejarla hecha añicos en el cubo de la basura. Pero resulta que en la aerolínea cuyo olor a cadáver ha atraído a Gekko y su gente trabaja el padre del joven ejecutivo (Martin Sheen, padre por dos). El cine estadounidense da para mucho en asuntos empresariales, y además los trata de forma descarnada en no pocos casos, no sólo en las películas del más iconoclasta Oliver Stone. La más rosácea aunque estupenda Pretty Woman no sólo cuenta con Julia Roberts, sino también con un muy conseguido ejecutivo de private equity versión carroñero-por-lo-fino, encarnado por Richard Gere, que se dedica, esencialmente, a comprar compañías en apuros, vender todos los activos vendibles, reducir drásticamente el salario del personal, repartir desquiciados dividendos para ir recuperando la inversión, realizar algún tipo de reingeniería estratégica sin mucho futuro y vender la compañía a un buitre de una liga menor. Y hasta luego, Lucas. Private equity, por cierto, es un término financiero para denotar una actividad que consiste en posibilitar la supervivencia y el desarrollo de empresas con el agua al cuello o que rinden muy por debajo de su potencial. En la práctica, en el rubro de estas empresas de capital riesgo se incluyen grupos inversores a los que el negocio y el oficio de la empresa les importa un pimiento, como los casos de celuloide mencionados.

Los donuts españoles no se han librado de estas actividades inversoras que, en no pocos casos, tienen su centro de decisión en un sitio lejanísimo de la fábrica o la sede de la empresa a la que vienen a salvar. Desde otros planetas con nombres como Apax y OakTree, el agujero del donut español se ha convertido en toda una metáfora de su situación patrimonial, tras décadas de dulce gloria en el mercado. La familia Costafreda y su empresa Panrico trajeron los donuts a España en los años 60: "Todos los días un donut, por lo menos", recomendaba poco saludablemente el anuncio de la tele. En uno de esos momentos críticos pero ilusionantes en los que las compañías creen que necesitan crecer porque tiene producto y mercado, pero no tienen financiación un gran grupo inversor, una compañía de private equity vino a meter la gran pasta en Panrico. Probablemente, como suele suceder, la empresa hubiera ido languideciendo hasta morir de la mano de la familia, pero la decisión de aliarse con un Gran Hermano traía dentro la desafección del nuevo dueño por la empresa, y a unas malas, a la liquidación programada de la misma, ejecutada por tipos quizá no tan guapitos como Douglas, Gere o Sheen. Un fondo inversor del calibre de los que hablamos tiene intereses enormes, poliédricos y cambiantes en muchas compañías a lo largo y ancho del mundo. No existe compromiso ni mucho menos compasión más allá de ir haciendo rentable el fondo. De forma que las empresas que controla accionarialmente son peones que pueden ser sacrificados en caso de conveniencia para la cartera. El donut era líder inexpugnable por su capacidad de distribución diaria de producto fresco. Cuando un competidor fabricó un donut igual de bueno pero congelado y almacenable por el hostelero o el tendero, la ventaja competitiva saltó por los aires. En ese camino, la private equity no se dio cuenta, porque estaba en vender sus activos más jugosos. Porque en realidad el corazón del negocio de la empresita aquella de España era lo de menos.

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