Fernando Mendoza

Santa Catalina y la ruta del mudéjar

MIS amigos de Diario de Sevilla me piden un artículo sobre Santa Catalina. ¿Qué se puede decir que no se haya dicho ya sobre el abandono de uno de los más antiguos monumentos nacionales de Sevilla, cuya declaración cumple ahora cien años? El templo está a escasos metros de mi casa y se me parte el corazón cada vez que contemplo los volúmenes geométricos de este maravilloso y delicado edificio cerrado a cal y canto desde hace ya ocho años y que se encuentra en penosas condiciones.

Es una historia que certifica el fracaso de las administraciones que se dedican a la protección del patrimonio y su desencuentro con el Arzobispado. "Entre todos la mataron y ella sola se murió" como dice el viejo dicho que, casi siempre, se utiliza cuando varias personas han intervenido para crear un problema y, posteriormente, ninguno asume sus responsabilidades. ¿Por qué se cerró Santa Catalina? Por los planteamientos rutinarios y mezquinos de quienes debían protegerla. Al fin y al cabo el cierre ha sido una definición de escala de valores: Santa Catalina no ha estado en las prioridades, hasta ahora, de ninguna autoridad civil o eclesiástica. Un abandono que define el "tono" de la ciudad histórica y de sus instituciones, que siguen considerando que la conservación del patrimonio histórico es un "gasto", no una inversión, y que la gallina de los huevos de oro, el turismo, siempre llegará, pase lo que pase y hagan lo que hagan los políticos locales con el abandonado centro histórico.

El olvido de Santa Catalina es todavía más sangrante porque empezó en la época de las maravillas. Mientras que siempre sobraban unos cuantos millones de euros para la construcción de artefactos "desmesurados, propagandísticos y ficticios", como desaconseja paradójicamente el Plan General de Sevilla, para el humilde edificio mudéjar no ha habido compasión, a pesar de que es el cofre donde se guardan importantes obras de arte de Leonardo de Figueroa, Duque Cornejo, Pedro de Campaña o Pedro Roldán.

Hoy las noticias son algo más esperanzadoras. Entre los fondos que aportan el Ayuntamiento y el Arzobispado se tendría aproximadamente la mitad del presupuesto necesario. Con un empujón, se podrían acometer las obras de rehabilitación integral que necesita urgentemente el edificio y su contenido.

Pero además, el cierre del templo ha supuesto una preocupante falta de perspectiva patrimonial y turística. La iglesia está situada en una posición estratégica en el límite entre las dos mitades del casco antiguo Norte y Sur, en el camino de la Macarena, y al estar cerrada es un tapón que impide un tráfico fluido del turismo cultural entre los dos sectores del conjunto intramuros sevillano. La única calle que enlaza la Catedral con la Macarena, la antigua Calle Real, hoy Abades, Cabeza del Rey Don Pedro, Alhóndiga, Bustos Tavera y San Luis, es un eje que podría canalizar hacia los barrios del norte los excedentes turísticos que saturan los entornos de la Catedral, Alcázar y barrio de Santa Cruz. Desde la Casa de Pilatos hasta la Basílica de la Macarena, no existe ningún edificio cultural abierto al público, sea religioso o civil. Todos hemos visto constantemente turistas en la puerta de las iglesias cerradas con expresión de perplejidad. Pues bien, las iglesias hay que abrirlas, como están en la mayor parte de los países europeos, y más en momentos de grave crisis como la que estamos atravesando. Para su vigilancia y apoyo se puede movilizar voluntariado a través de las hermandades o aprendiendo de la experiencia de las catedrales inglesas, en las que casi todos los cuidadores son jubilados.

El trasvase de turistas hacia el norte supondría, no sólo duplicar la oferta cultural de la ciudad, sino una revitalización de los sectores y su comercio, mejorando también notablemente el conocimiento de la Sevilla histórica.

En la actualidad hay sólo dos grandes monumentos en los que es posible estudiar esta arquitectura, realizada por maestros y albañiles de cultura morisca en territorio cristiano: el Alcázar de Sevilla y la Casa de Pilatos. Sin embargo, la calle Real enhebra un conjunto de edificios mudéjares cuya visita organizada podría suponer un gran impulso al turismo cultural: Santa Catalina, San Marcos, los conventos de San Leandro, el Socorro y Santa Paula, Santa Marina, Omnium Sanctorum, el palacio de los Marqueses de la Algaba y San Gil. Todos ellos constituyen un auténtico museo del mudéjar, un arte único en Europa que sólo se realizó en España. En poca distancia se podría formar una "ruta" que tuviera en cuenta criterios cronológicos y estilísticos, de tal manera que el visitante obtuviera una idea más completa de este arte singular.

El término "arte mudéjar" no se acuñó hasta 1859, cuando Amador de los Ríos pronunció su discurso de ingreso en la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid sobre El estilo mudéjar, en arquitectura. Como dijo el historiador del arte Diego Angulo, "El mudéjar sevillano es hijo de dos estilos: el gótico, importado por los castellanos y el almohade, vigoroso todavía entre los vencidos al tiempo de la conquista." El mudéjar constituye una expresión artística única, un arte modesto y pegado al terreno que se caracteriza por el empleo de materiales pobres y fáciles de obtener, como el ladrillo, el yeso, la cerámica y la madera, utilizando la piedra sólo en portadas y ábsides. Los sistemas de trabajo organizados gremialmente generaban formas artísticas que mezclaban artesonados de madera con bóvedas de crucería, capillas funerarias heredadas de las qubbas islámicas con portadas de cantería, yeserías islámicas y campanarios que asemejan minaretes. Utiliza escasos elementos decorativos que, a veces, ocupan toda la superficie ornamental mediante paños de arquillos entrecruzados de "sebka", composiciones geométricas con lacerías y estrellas, empleo de cerámica vidriada, elementos vegetales estilizados y arcos polilobulados.

Si la encajamos en este contexto, la restauración de Santa Catalina se ve con una perspectiva más amplia. Sería fundamental que la recuperación del templo se integrara en un proyecto más ambicioso e ilusionante: la puesta en valor de estos edificios mudéjares, su apertura al público y la organización de una visita cultural conjunta. Esta operación, que debía haberse realizado hace años, redundaría en beneficio, no sólo de parroquias y conventos, sino de la ciudad de Sevilla y de la revitalización de barrios en los que sevillanos y turistas encontramos siempre vedado el acceso a estos monumentos.

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