¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Por una Sevilla cayetana

Cada vez que escuchamos a un caballerete dar lecciones de "sevillanía" echamos mano al revólver

Por un artículo de Félix Machuca descubrimos hace tiempo que el Corpus, lejos de ser el tedioso desfile de vanidades y corporaciones de la actualidad, fue antaño la gran fiesta de la ciudad. Fueron los Montpensier los que transformaron la celebración barroca y popular, con verbenas de barrios, negros danzantes y tarascas, en una especie de gran parada de fuerzas vivas que, aunque no exenta de cierta belleza -las liturgias oligárquicas suelen tenerla-, llega a convertirse en un soporífero despliegue de prohombres. Lo del Corpus lo traemos aquí como un ejemplo de cómo los prescriptores de la "sevillanía", que tanto abundan, pueden llegar a desnaturalizar y fosilizar lo que antaño fue alegre y espontáneo. En la Feria se suele comprobar. Más de uno anda por ahí con el libro de reglas diciendo cómo hay que vivir la fiesta. Lo codifican todo: el vino, el baile y el traje… Sin embargo, cuando uno acude a las hemerotecas e indaga en las antiguas crónicas descubre un mundo muy diferente y mucho más libre, donde se brindaba en las casetas con tintos de Borgoña y no había ningún problema por montar a la inglesa y tocado con bombín.

No es esto un panfleto contra los viejos rituales. Muy al contrario. En Sevilla todavía se pueden observar algunos con gran autenticidad, como los entierros de la Caridad (la última morada del Risitas), las ceremonias de Buenas Letras o algunos cultos íntimos de las cofradías más antiguas. Son hermosos y vetustos, como un terciopelo ya apagado o las Folías de España. Pero sí sobran todos esos creadores de tradiciones-fakes que quieren convertir a la ciudad en un decorado de Morena Clara y a los sevillanos en robots costumbristas. Cada vez que escuchamos a un caballerete dar lecciones de "sevillanía" (horrenda palabra) echamos mano al revólver (un Smith&Wesson calibre 38).

Antes de continuar leyendo, cuelgue, si es posible, sus prejuicios ideológicos. Estos días de omnipresente campaña electoral madrileña hemos desarrollado una cierta simpatía hacia Isabel Díaz Ayuso y su estilo castizo-betibú. No tiene nada que ver con la política. Sencillamente sentimos envidia por su manera de hablar de Madrid, por su desahogo anarcopija y la reivindicación de la gran ciudad como territorio liberado de pamplinas pueblerinas. Así nos gustaría ver a Sevilla, sin costumbres de cartón piedra ni diputados de tramo que te digan cómo tienes que estar en la fila para darte el diploma de "sevillanía". A nuestra ciudad, desde luego, le vendría bien un poco de filosofía cayetana al ritmo de música ligera.

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