La Sevilla desahogada

Hay gente encantadora (estúpido adjetivo) que acude a las cenas con acompañante cuando la invitación es individual

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Una mesa con vistas a la Giralda.
Una mesa con vistas a la Giralda. / M. G.

Sevilla, 04 de octubre 2023 - 05:00

El desahogo al sevillano modo, dicho sea en expresión del escritor y pregonero Eduardo del Rey Tirado, que así tituló uno de sus libros, incluye fórmulas variopintas de ejercicio. Una de ellas se produce en foros selectos, donde se supone que mejor se guardan las formas, claro que las formas tienen un sentido restringido. Es decir, se viste uno, se perfuma uno y sonríe uno, pero después se comporta como un pirata. Llega uno al almuerzo de relumbrón tras indagar con las amables azafatas dónde se encuentra la mesa de turno en un plano que serviría para hallar la Isla del Tesoro, cuando en la práctica se topa con que sólo hay libre una silla y debería haber dos disponibles. Horror. Como diría Luis Miguel Martín Rubio en ocasiones análogas:“Hermano, aquí hay más gente que invitados”. Y es cierto, se queda uno de pie junto a la única silla vacía y mira a los que están sentados como si tuviera una pancarta en la frente ante la que todos callan y leen: “Uno de los que estamos aquí sentados no está en la lista” . Enseguida, la Sevilla del chisme te hace llegar mensajes de chanza:“El militar ha venido acompañado y te aseguro que la mujer no estaba invitada”. Verídico. “¿Qué te pasa que te veo de pie? Vente a la mesa de los escoltas, aquí ha sitios libres. Jajajá”. Y lo peor del mensaje son las risas del final, claro. Hay quienes siguen sin leer las invitaciones de cartulina que dicen eso de “personal”.

Igual que hay altos dirigentes que se levantan a la mitad de una cena oficial y se marchan alegando excusas peregrinas (costumbre que, por fortuna, algunos empiezan a reparar), hay gente que por sistema acude a actos con su cónyuge, pareja, compañero o como cada uno lo que quiera denominar sin que le hayan invitado con acompañante. Y el problema es de los responsables de protocolo, que deben improvisar soluciones con enorme apuro. Al final todos se conocen (nos conocemos) y se sabe quiénes son los sinvergonzones que se quedan disciplinadamente callados mientras los invitados de a pie buscan refugio en otra mesa. Uno siempre tiene la costumbre de mirar con atención si la invitación es personal o con acompañante. Pero se aprecia cada vez menos el saber estar en quienes se supone que más deberían tenerlo. Se supone... La subcapital de las apariencias, que es Sevilla después de Madrid, tiene estas encantadoras coincidencias. No todo es política, no todo son procesiones extraordinarias (ahora se llaman traca), no todo es la falta de infraestructuras y carencia de limpieza. No todo es una sociedad polarizada, crispada y de pancarta reivindicativa. Hay gente encantadora (estúpido adjetivo) que se cuela en las cenas y aguanta en silencio la señal de la desvergüenza.

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