La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Siempre te esperamos en Sevilla, Pepe

Quiero verte en tu casa, en esa plaza siempre abrigada por un cielo azul primavera, cerca del Cristo que da sentido a tu vida

Siempre te esperamos en Sevilla, Pepe Siempre te esperamos en Sevilla, Pepe

Siempre te esperamos en Sevilla, Pepe

En su familia le llaman José. Su legión de amigos le dicen Pepe. Grande, fuerte, orondo por etapas, de ojos claros y cabeza levemente inclinada cuando desconfía de cuanto ve y oye. Pragmático, intenso, inquieto, nervioso, con ansiedad productiva, de ambición prudente. Al loro de cuánto se cuece en un cenáculo de Madrid, en una consejería de la Junta y, sobre todo y por encima de todo, en las hermandades de Sevilla. Esperamos siempre a Pepe en Sevilla. Nuestro Pepe. El hijo de don Juan. El hermano de Juan, de Carmen, de Margarita... Y todos los miembros de una familia tan querida. Aguardamos a Pepe, el de Persán, a la vera del Cristo que da sentido a su vida.

En Pamplona hace mucho frío. Vente a Sevilla, Pepe. A la protección de los lirios morados, a la casa donde siempre eres el niño redondito, travieso y que sabe latín para obtener el doble de merienda. Vente a tu casa, al calor de esa preciosa colección de Niños Jesús, de esas fotos, esos cuadros, ese ambiente cálido que no lo dan los metros cuadrados, sino el sentido profundo de familia. Ya estás tardando, Pepe, en venirte a tu ciudad, con los tuyos, con tu gente, a tu despacho para que yo llegue a contarte la última polémica entre el Consejo y el Arzobispado, quiénes se presentarán a hermano mayor de tal cofradía, un chascarrillo del Ayuntamiento o cualquier historia de la ciudad que nos une, menos de fútbol. "Tú eres sevillón". Y me dejas siempre sin poderte decir nada de fútbol.

Vente a Sevilla, la ciudad que te duele, donde has creado riqueza y que te dio el oro de su medalla. Iremos a buscar un revuelto de patatas con chorizo, compartiremos confidencias, recordaremos a Juan, tu hermano; me contarás otra vez el pregón de tu padre, tu experiencia como rey mago, las noches en vela tras el patrimonio y el tiempo arriesgados en la aventura de Persán, orgullo y emblema de la industria andaluza. Quiero verte con las manos en los bolsillos del abrigo azul en invierno y con el traje de mil rayas en verano. Quiero que me digas que lo has conseguido todo en la vida menos que un toro te embista en la plaza de la Maestranza.

Que me preguntes por Fulano, Mengano y Zutano. Y yo te vaya contando y tú vayas respondiendo a cada uno de mis comentarios. "Ojú". "Se veía venir". "¡Qué me dices!". Quiero que te vengas ya, que nos den las dos de la tarde, mires el reloj y me sugieras una ensaladilla rápida "antes de que llegue Concha". Y que Concha nos pille con las manos en los picos. Y se ría. No tardes, Pepe. Quiero verte ya en tu casa, la de la plaza abrigada por ese cielo azul, el que siempre tiene el tono de una noche de primavera sólo iluminada por cuatro hachones tiniebla. Vente, que aquí están tu casa, tu ciudad, tu vida.

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