Carlos Navarro Antolín
Ese ratito diario del cura del Porvenir
Llamaban a misa las campanas de San Clemente, un coche iba por Torneo y una vieja acudía con prisas a la llamada del monasterio. Mañanita de domingo plácida y sin bulla para, como del rayo, sólo con bajar las escalinatas que dan al río toparse con un chorreón de vida. Gente que se levanta pronto se amalgama con gente que se acuesta tarde para crear un universo tan rico en colores como la paleta de un pintor. Entre esa gente que se acuesta tarde y que deja aquello como un campo de Agramante, una pareja sigue intercambiando fluidos ajena a cuanto le rodea. Entre los que madrugan, unos se agarran al paseo como último clavo deportivo, muchos pescan barbos y otros se enfundan mallas, se encasquetan el casco y toman aquello como si fuese un velódromo, convertidos en unos peligrosos Indurain.
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