Tardes en la orilla

Me sorprende que la zona verde del canal la disfruten más los foráneos que los aborígenes

07 de abril 2023 - 01:46

Llegó tardando a nuestra cita en una esquina ventosa de Tarifa, localidad a la que yo había acudido en la víspera para dar una charla. Cuando vi su vehículo y lo vi a él entendí que el tiempo no era un factor que aquel chico pudiera controlar, así se lo propusiera. Era un hippy alemán veinteañero (ignoraba que quedaran hippies de esa edad), alto y rubio como la cerveza, que conducía la preceptiva furgoneta destartalada. Los caminos de Blablacar son inescrutables. Cuando le reproché la demora, me preguntó si tenía prisa, con tanto candor y salud, que recordé aquellos versos de Brecht: "Estoy sentado al borde de la carretera, el conductor cambia la rueda. No me gusta el lugar de donde vengo. No me gusta el lugar adonde voy. ¿Por qué miro el cambio de rueda con impaciencia?". Me había calado, al llegar no tenía nada urgente que hacer, por esta vez podíamos ir en paz. A los diez minutos de trayecto nos sentíamos como dos viejos conocidos. Maravillas de bajar el pistón.

Antes de dejarme a la altura del Lagoh y proseguir su camino lento hasta Alemania, me dijo que la próxima vez que regresara a España quería visitar Sevilla. Glosé algunas maravillas de la ciudad que no debía perderse. Y él me preguntó algo extraño y muy concreto: "¿Hay orilla del río, con árboles, donde poder tumbarme a la caída de la tarde?". Tenemos, respondí. Y le alabé el gusto.

Este fragmentito de aquella mañana de sábado se me ha venido a la mente mientras paseaba por la dársena a la altura de la calle Radio Sevilla, más o menos (siempre antes de llegar a los sones de chunda-chunda del autodenominado Mercado del Barranco). El sol bajo ilumina con una belleza exultante. Una pareja latina baila salsa bajo la atenta mirada de otros dos muchachos; un grupo amplio de jóvenes sobre la hierba parecen posar para Renoir, una chica sobre su foulard deja que el sol le acariciara la espalda, dos chicos hacen cabriolas en el aire; por allá, otros dos muchachos marroquíes no ven la hora en que se ponga el sol para poder darle un buche a la fanta sin faltar al ramadán; otro chico toca por soleá con su guitarra; aquella escribe en un cuaderno; aquel, que si un selfi; una pareja rueda a besos por el césped… Esplendor en la hierba, ciertamente. De esta zona de la ciudad me encanta la convivencia y el mestizaje. Y me sorprende sobremanera que la disfruten más foráneos que aborígenes, asunto este al que no le encuentro demasiada explicación. Mi chófer alemán, ciertamente, se va a sentir en la gloria aquí cuando regrese. Mientras tanto, y para nivelar la media de paseantes locales por la zona, prometo seguir disfrutándolo con la asiduidad que merezco y que merece el paraje.

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