Usar para conservar, conservar para usar

Sin el uso adecuado de los edificios es muy difícil conseguir su conservación

En Sevilla sabemos que para conservar hay que usar. Como las iglesias sevillanas, que, al ser sede de hermandades de penitencia o gloria, están en buen estado de conservación por los esfuerzos de mantenimiento y mejoras que se realizan en ellas por las corporaciones. Cada vez que en el debate ciudadano o de opinión se habla de conservar edificios o de actitudes conservacionistas en una ciudad, pocas veces oigo acompañar a los criterios patrimoniales, que van cambiando con los años, explicar que es primordial que tengan un uso que los haga socialmente factibles. ¿Y en el caso de las ruinas, de los conjuntos arqueológicos? Pues igual. Cada vez más, los conjuntos arqueológicos son recursos turísticos, que producen atracción de visitantes e ingresos. Que se lo pregunten a los antequeranos, desde la declaración de los dólmenes como Patrimonio de la Humanidad. Como los teatros romanos, cuyo uso escénico potencia su atractivo, su conservación y estudio.

La Carta de Venecia de 1964, documento inicial de los criterios de protección, cuya trascendencia está fuera de toda duda, dice en su artículo 5: "La conservación de monumentos siempre resulta favorecida por su dedicación a una función útil a la sociedad; tal dedicación es por supuesto deseable pero no puede alterar la ordenación o decoración de los edificios. Dentro de estos límites es donde se debe concebir y autorizar los acondicionamientos exigidos por la evolución de los usos y costumbres". La línea final es clave, "autorizar los acondicionamientos exigidos por la evolución de los usos", como por ejemplo la accesibilidad universal en los monumentos de primer rango, no sólo salvando desniveles, sino también con información para discapacitados sensoriales y facilidades de todo tipo para los visitantes, en taquillas, accesos, zonas de descanso, tiendas, cafetería y hasta guarderías. Y por supuesto, seguridad, para la salvaguarda de los bienes en exhibición, por ejemplo, en los museos.

Porque, cuando hablamos del deterioro de la Avenida de la Palmera, con edificios inadecuados por tamaño y densidad, pensemos en las viviendas unifamiliares vacantes o en desuso y en cuántas se derribaron o modificaron a lo largo de años para ser sede de colegios mayores, clínicas, sedes bancarias o consultoras financieras. Y cuándo la Palmera dejó de ser el eje de expansión sur de Sevilla, tal como fue concebida, para convertirse en una de las entradas masificadas de tráfico de la ciudad, en una arteria de circulación rápida. Una ciudad no la protegen las normas, o al menos, no bastan. En los años 70, unos cuantos arquitectos veinteañeros organizamos un servicio de información y documentación en el Colegio de Arquitectos que denunciaba a diario en la prensa y en la radio por su inmediatez, los numerosos atentados a la ciudad. Algunos los pudimos impedir; otros muchos, no. En aquellos años nos dimos cuenta que sin el uso adecuado de los edificios era muy difícil conseguir su conservación.

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