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Independencia. Reflexión acerca de las corrientes separatistas en distintos países y el caso de Cataluña

EN algunos aspectos los países se comportan como personas. Antiguamente éstas no se casaban por amor. El casamiento por amor es un invento relativamente moderno. La gente se casaba, mejor dicho la casaban, por conveniencia. Eran los padres (y esto sigue siendo la tradición en países como China, India, el mundo islámico, etcétera) los que disponían del futuro de sus hijos. Antiguamente eran factores materiales los que intervenían en la coyunda: incrementar la hacienda de las familias (más tierras, más ganado, etcétera); o incorporar blasones, a la familia que no los poseía, ambición de fama y distinción en la comunidad, etcétera. A veces los contrayentes eran parejos en la acumulación de esos factores. Otras, no. Así, unos casaban para arriba, otros para abajo, es decir, malcasaban.

Con los países ocurre lo mismo. A Castilla la "casaron" con el País Vasco en la Edad Media. Los vascos aceptaron a los castellanos como un mal menor, peor ser francés que castellano. Pero impuso sus condiciones, algunas de las cuales siguen en vigor. Cataluña que nunca fue nació no tuvo ni arte ni parte al quedar incorporada a la corona de Castilla como parte de Aragón en tiempos de los Reyes Católicos. En todo esto ni los aragoneses-catalanes ni los vascos fueron consultados. Como en los matrimonios de conveniencia, eran los padres (los reyes) los que partían el bacalao. Fuera de España, estas anexiones de grado o por fuerza era lo común. El imperio austro-húngaro, hasta el fin de la primera Guerra Mundial y el imperio soviético, hasta la caída del comunismo (1980), son ejemplos claros.

Antiguamente los matrimonios eran, en su inmensa mayoría, para siempre. El marido o la mujer, o ambos, aguantaban trancas y barrancas y el divorcio era raro. Por eso el divorcio entre Enrique VIII y nuestra valiente Catalina de Aragón fue tan sonado. Pero tarde o temprano el divorcio fue ganando popularidad y las personas empezaron a romper el vínculo (por lo menos civilmente). Los países les fueron a la zaga.

Hoy las corrientes de separatismo, soberanía o independencia están a la orden del día. No es nuevo.

Ya en el siglo pasado, con la caída de la Casa de Habsburgo en 1918, coincidiendo con el final de la Primera Guerra Mundial y la derrota de los imperios centrales, muchos países se desgajaron de la misma: Hungría, Checoeslovaquia, etcétera. La Unión Soviética vio a la desaparición del régimen comunista cómo su antiguo imperio de descomponía. Así volvieron a la independencia países "mal casados" como Estonia, Letonia, Ucrania, por mentar a unos pocos. Bien es verdad que estos países recuperaron la independencia con la ayuda de factores externos: las dos guerras mundiales.

Motu proprio, sin embargo, o bien sea por sí misma, sin la intervención de fuerzas o terceros ajenos a su propia voluntad, tuvo lugar, en 1980 el primer referéndum pro independencia de Quebec, la provincia francófona del Canadá. Fracasó. Como fracasó otro segundo referéndum en 1995, en ambos casos gracias a una mayoría de votos de angloparlantes.

Posteriormente han surgido otras corrientes separatistas. En Bélgica, impulsada por los flamencos, que hablan holandés, como sus vecinos del norte; en Italia, representado por el movimiento que busca la independencia de una región del norte del país, que ha venido en llamarse Padania. En este caso el "hecho diferencial" (como le llaman los catalanes) no es el idioma. El factor principal es, como en Cataluña, económico. Los lombardos, los venecianos, etcétera, se quejan de que aportan más dinero a las arcas del país que la gente del sur pero que los presupuestos amañados por la Roma ladrona favorecen a los holgazanes sicilianos. (Lector: ¿encuentra en esto algo similar a lo que no hace mucho dijo Josep Antoni Duran i Lleida respecto a los andaluces?).

Recientemente tenemos el caso de Cataluña y el de Escocia. Escocia, hasta el Tratado de la Unión con Inglaterra, 1707, fue un país independiente. El partido separatista escocés ha conseguido la conformidad del Gobierno británico para un referéndum a celebrar en 2014. Pocos están por la independencia. Un amigo mío, escocés, me cuenta que sus compatriotas son muy tacaños y que cuando echen números y vean el costo de tal independencia lo pensarán bien y votarán que no.

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