Aire

30 de enero 2026 - 03:08

Me gusta cuando el habla común le dice aire, “hace aire”, a lo que en toda regla podría catalogarse como vientos huracanados. Hay pueblos y ciudades (Tarifa, Jaén…) famosos por estar de puertas abiertas entre corrientes. Contaba mi abuela que, cuando fue a Cerro Muriano a la jura de bandera de su hijo, “el aire” alzó una mesa, que pasó levitando milagrera sobre la concurrencia. Como pueden ustedes observar, el realismo mágico patrio lleva su tiempo inventado.

Sevilla no es ventosa, ni son normales en coordenada alguna del territorio andaluz el airazo que se levantó antier, y que dejó al descubierto demasiadas cosas que están cogidas con pinzas en esta ciudad. Caminar por San Jacinto o Torneo alfombradas con ramajes de gran porte, o entre alcorques en los que no ha quedado árbol en pie (y apreciar la escasa profundidad que los enraizaba), nos hace preguntarnos por el mantenimiento y gestión del arbolado. Las piscinas olímpicas en esos baches de la SE-20, que hicieron suspender el tráfico en varios tramos, nos señalan el estado de esa vía que pone a prueba nuestros nervios y amortiguadores mientras los camiones nos adelantan olvidados de las señales de velocidad. Y poco pasó, para estar los coles abiertos. La respuesta más rápida y eficaz a las incidencias consiste en prevenirlas. Lo demás acaba tarde o temprano en catástrofe.

A pesar de los pesares, el aire llamando la otra noche a mi ventana, agitando los toldos, quebrando los tiestos y entreverándose en el agua, me recordó lo que decía Dersu Uzala, en aquella inmensa peli de Kurosawa: “El viento es gente fuerte”, afirmaba aquel morador de la taiga siberiana que creía que el aire, el fuego o el agua tenían alma y el poder de ayudar o destruir. Así lo tomaban también, con su mijita de animismo, quienes hasta hace no tanto conocían el viento adverso o propicio para recoger el garbanzo y castrar la jamila, o quienes bien saben que amar es echarse a la mar. Así lo tomo yo también en estos días, que se siente intenso cómo trabaja el aire, jarrea el agua y la electricidad se roza hasta que truena. Ahí andan, los elementos, relatándonos cosas que más nos valiera escuchar, en vez de tanto quejarnos (dadme un ombligo y moveré el mundo) de que llueva o ventee, que parecemos aquel del tricornio que, en el final de Amanece que no es poco, saca la pipa y tirotea al sol gritando: “¡Yo no aguanto este sindiós!”.

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