Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Sin responsables
Un año después de la DANA se celebró el denominado funeral de Estado por las víctimas. Tuvo lugar el 29 de octubre de 2025. Muy reciente. Una de las crónicas contaba lo siguiente: “Los momentos más tensos se han vivido antes de que comenzara la ceremonia en el Museo de las Ciencias de Valencia. Cuando Carlos Mazón ha entrado en la sala, decenas de familiares de las víctimas han increpado al presidente de la Generalitat valenciana. Muchos de ellos se han levantado de las sillas, algunos mostrando imágenes de sus familiares muertos, mientras proferían gritos de “¡asesino!”, “¡fuera!” o “sinvergüenza”. La reprobación ha durado varios minutos. El jefe del Consell callaba, con expresión muy seria y el gesto compungido, separado de las víctimas más indignadas por al menos una docena de metros”. El gran funeral por las almas de los 45 fallecidos en la tragedia de Adamuz fue oficiado ayer por el obispo de Huelva, monseñor Gómez Sierra, en un presbiterio presidido por la Virgen de la Cinta, patrona y alcaldesa perpetua de la ciudad. No se oyó el más mínimo abucheo contra los tres ministros del Gobierno de España que asistieron a la ceremonia. Ni por supuesto contra los Reyes ni el presidente de la Junta, sino todo lo contrario.
La ceremonia religiosa tuvo el ambiente propio de los funerales: silencio, oración, recogimiento, emoción y respeto. No hubo pena de funerales para los tres ministros presente ni para ningún personaje de relevancia. Mazón aguantó un año entero en el cargo tras la tragedia valenciana, pero tuvo que dimitir cuando los familiares de las víctimas, desgarrados por el dolor e indignados por sus cambios de versiones y mentiras flagrantes, vieron la oportunidad de descargar su ira contra un presidente carente de parapeto, porque el formato del homenaje laico, en el fondo, no genera el respeto imponente que hubiera protegido al dirigente. La vieja escuela de las congregaciones religiosas, hermandades y otras asociaciones eclesiásticas aconseja que las reuniones que se presumen tensas deben celebrarse en el interior de la iglesia. El templo apacigua los ánimos, sirve de bálsamo y promueve un ambiente de paz. Los fieles se concentran en lo principal. Nunca olvidaremos el terstimonio de Liliana Sáenz de la Torre: “Lo que perdimos no era una cifra, eran vagones llenos de esperanza”. Nadie tiene que salir huyendo, ni oír ciertas verdades a la cara. Los ministros en un funeral de verdad pasan a segundo plano tal es el respeto al carácter religioso de la ceremonia tanto para la mayoría de creyentes como para los que no lo son. Los tribunales ya decidirán quiénes han sido los responsables de la tragedia del tren. Pero algún hábil seguro que ha aprendido la lección. Con la Iglesia no hay pena de funeral. De la de banquillo ya veremos si alguno se libra, sobre todo el mostrenco ausente y parlanchín.
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