Por si acaso

Pablo / Gutiérrez-Alviz

El alma de la toga

23 de enero 2015 - 01:00

LA admirable profesión de abogado constituye la piedra angular de cualquier sociedad democrática. La abogacía aporta a la historia de la civilización el sentido de justicia, del imperio de la ley y el compromiso ético y político de lucha en pro de los derechos y las libertades. Y el ciudadano necesita la asistencia de letrado para la defensa de sus intereses. En la Facultad de Derecho, al explicar el clásico texto de Ossorio El alma de la toga, se insistía en que, para el abogado, la rectitud de conciencia es más importante que el tesoro de sus conocimientos. El ánima del auténtico letrado se compone de independencia, integridad, competencia y responsabilidad.

Hace unos días han detenido a doce abogados, presuntos defensores de presos etarras. Se les acusa de colaboración con banda armada, blanqueo de capitales y fraude fiscal. Al parecer, los arrestos no fueron muy ortodoxos en las formas y, por tanto, muy criticables: hasta el Consejo General de la Abogacía ha protestado; pero, hay que repasar la actuación de estos indignos letrados. Han visitado a casi el 95% de los presidiarios del terror para hacer una especie de censo con fichas personalizadas sobre su comportamiento: "rondas de control", en su jerga. Así los adoctrinaban para que no se arrepintieran y, por supuesto, que no se reinsertaran en la sociedad bajo ningún concepto. Las órdenes, escritas en minúsculas papeletas, las pasaban dentro de unos canutillos, imagino que especialmente diseñados para eludir los detectores de metales. Su desobediencia implicaba la expulsión de la banda y la inmediata pérdida de su protección económica, jurídica y social. El terrorista como víctima de su propia organización.

Además, estos doce correveidiles del trullo cobraban jugosas minutas por sus honorarios que, desde luego, no declaraban a Hacienda. Resulta curioso que no paguen tributos cuando algunos de sus clientes lo mismo eran los encargados de recaudar el impuesto revolucionario.

En la entrada de las cárceles siempre hay detectores de metales y propongo que, para los profesionales del derecho, sea obligatorio pasar un nuevo control que exija al jurista tener alma de abogado. Y sin duda, esta peculiar máquina rugirá emitiendo todo tipo de sonidos de alarma y destellos intermitentes con sólo acercarse cualquiera de esos doce impostores de la abogacía.

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