El apocalipsis desde el sofá

Mao.
Mao.

31 de enero 2026 - 05:30

ES duro ver cómo se acaba el mundo desde el sofá de casa, con un café entre las manos, viendo llover y echando de menos la pertinaz sequía (¿se pueden hacer rogativas contra las borrascas?). También lo es desde la barra de cualquier bar de postín, mientras los peces de hielo se disuelven en el cálido mar ambarino del Johnnie Walker. Pero hay que apechugar, hay que apretar los dientes, hay que echarle cojones (perdón por la ordinariez, pero no están los tiempos para remilgos). Ya se habrán enterado ustedes de que el orden internacional que regía desde la II Guerra Mundial ha saltado por los aires, est mort, que diría un afrancesado, si es que queda alguno después de la era Macron. Las tribunas más sesudas no hablan de otra cosa. Se acabó, finito, kaput. Nos queda al menos el consuelo: et in arcadia ego. Yo también estuve en el paraíso del orden de Yalta. Y aún así, observa, caminante, mi calavera abandonada al lado del camino.

Los politólogos, esa plaga que ha sustituido a la de los economistas, nos avisan de que nada volverá a ser como antes. ¿Y qué era lo de antes? Ya lo saben, the paradise: el mundo dividido en dos bloques, la permanente paranoia nuclear, media Europa bajo la bota comunista, decenas de conflictos locales (Vietnam y Afganistán como resumen), hambrunas bíblicas en Etiopía, Mao (ay, Mao, cómo se te echa de menos )... Un mundo encantador que han venido a destrozar Trump, Putin y Netanyahu, como una brigada acorazada en un delicioso jardín dieciochesco, con mujeres con pelucas y petimetres disfrazados de sátiros.

Pero no seamos derrotistas, nos quedan los versos de William Wordsworth para recitarlos voz en off, como la dulce Natalie Wood: “Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello/ que en mi juventud me deslumbraba./ Aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba,/ de la gloria en las flores,/ no hay que afligirse,/ porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo”. No es poco consuelo: siempre nos quedará la gloria de las flores de esa ONU inoperante por un Consejo de Seguridad con derecho de pernada internacional, y siempre subsistirán en el recuerdo las masacres de Yugoslavia o Ruanda. O las matanzas de Pol Pot, o los desaparecidos en Argentina o el hongo de Hiroshima inaugurando esa época que ahora enterramos con todo el dolor de corazón, mientras vemos el apocalipsis desde nuestra ventana y nos mandan el último meme de Pedro Sánchez. Qué mal final para la historia.

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