El buen patriarcado

El feminismo yerra cuando culpa al patriarcado de muchos de los atentados contra la dignidad de la mujer

12 de septiembre 2023 - 00:01

FUIMOS muchos los españoles criados en una sociedad patriarcal en estado puro (obviamos el prefijo hetero por oportunista y absurdo). Básicamente, el sistema consistía en una estricta división del trabajo dentro de la familia. El padre se encargaba de lo público y de proveer materialmente, de las broncas importantes, de ejercer la autoridad y fijar las leyes –e incluso la ideología– del grupo. La madre, por su parte velaba por el orden interno de la familia, la policía y economía de la casa, la ternura y la mano izquierda. No había duda de que el padre, que podía llegar a tener privilegios principescos, era la cúspide de la jerarquía familiar. El jefe. La madre, por su parte, cumplía una función más subterránea y su figura era venerada y sublimada, casi un trasunto de la Virgen. Era un sistema basado en la autoridad y la desigualdad absoluta, no sólo por sexo, sino también por edad y generación. Este esquema, manifiestamente simple, estaba sujeto, por supuesto, a todo tipo de distorsiones, heterodoxias y aberraciones.

Como todos sabemos, los cambios políticos, económicos y sociales que se operan en Occidente a partir de la segunda mitad del siglo XX hicieron que el sistema patriarcal entrase en una paulatina crisis que aún no ha culminado, pero que ya está dando sus últimas bocanadas. La incorporación de la mujer al trabajo, el desarrollo de la píldora anticonceptiva y los cambios culturales e ideológicos que triunfaron en la revolución de los 60-70, emanciparon a la mujer y llevaron la igualdad al seno de la familia. Probablemente para bien, si obviamos las ridiculeces y los excesos. La revolución feminista es hoy uno de los grandes agentes transformadores de este inicio de milenio. Y es imparable.

Pero el hecho de que sea imparable no significa que el feminismo siempre tenga razón. Por ejemplo, yerra profundamente cuando culpa al patriarcado de muchos de los atentados contra la dignidad de la mujer, desde el piquito de Rubiales a los abusos grupales. Cualquiera que se haya criado en los valores patriarcales sabe que no había nada más censurable que la falta de respeto a una mujer. Los códigos de la hombría prohibían cualquier abuso, agresión o insulto a una fémina. De hecho, se asociaba la violencia física contra las mujeres con comportamientos poco viriles. La violencia contra la mujer, más bien, surge de una corrupción o degradación de esos valores paternalistas, hoy tan desfasados como moribundos.

El patriarcado tuvo sus valores positivos. Transmitió ideas nobles como el sentido de la responsabilidad ante la familia. Conllevó una sociedad muy desigual y transmitió una visión idealizada de la mujer que en nada se correspondía con la realidad. Ahora el avance imparable es hacia la igualdad. Eso está muy bien, pero que no cuenten milongas amazónicas.

stats