Carmen Camacho

La casa sobre el cine de verano (4)

Relatos de verano

Como los demás cines de verano de Sevilla, en el 'Fausto' se respiraba ambiente de barrio, olor a jazmines, gracia plena, chiquillería. Doña Ana, la abuela de la Sonia, le habló a Candela de la magia de aquellas noches de estío. También le contó una terrible desgracia: el guarda del cine, un joven que la gente llamaba Faustino, apareció muerto una mañana dentro del armario donde se almacenaban las películas. La historia impresionó tanto a Candela que ahora sólo busca calma, respirar hondo, no pensar. Algo interrumpirá pronto la ansiada paz de la muchacha.

18 de agosto 2016 - 01:00

LA rutina remansa las almas quebradizas, nivela su balanza inestable, le procuran paz. El vaso de leche tibia antes de dormir, el paseo de las ocho, el yoga nuestro de cada día. Madrugar como una beata. La ropa planchada, perfectamente colocada en el armario. La exhuberancia domesticada del café, el trabajo metódico, el fregadero sin cacharros. No beber, fumar poco, no perder más tiempo en internet. No sufrir compañía. Evitar la acera del bar 'La Vega', las discusiones disparatadas de sus parroquianos, la satánica melodía de la máquina tragaperras. El orden contrapesa las dudas profundas.

Por meses, Candela albergó su vida en la más calmosa de las rutinas. Los infundios sobre los fenómenos extraños, los dislates de Felipe El Vega y, más que nada, la noticia de la terrible muerte de aquel chico, el tal Faustino, dentro del que ahora es su armario, le habían trastabillado el pulso, remontado el asombro y despertado a la fiera salvaje de su imaginación. Para barajar su desconcierto, fue Candela fuego apartado y espada puesta lejos. Aún retumbaba en su cabeza, algunas noches, la voz tronante de El Vega: "Tú mira en tu vida…". Temía probar a ver cómo era su historia desde que llegó al barrio y acabar atribuyendo al 'Cinematógrafo Fausto. Cine bajo las estrellas' hasta el hecho de que se le pudrieran los tomates en la nevera. Contra su temor a perder la noción de la realidad, creó y creyó su propia hipótesis: sus vecinos no estaban beodos de gases tóxicos ni allí sucedían fenómenos extraños; sencillamente, la gente se había tragado las trolas delirantes de El Vega, aquel tabernero harto ocioso. "Cuando la llevas, la llevas", asentía la Sonia ante este argumento, dándole todita la razón.

Pero Candela no se retiró tajantemente del ensueño. Sólo lo domó, le puso límites, lo redujo a la altura de su escasa calma. Durante aquel tiempo tranquilo, no dejó de fantasear con Faustino. Lo figuró a su medida: le inventó cara, voz, lo dotó de profundos ojos negros, de sonrisa tristísima y pelo ensortijado. Era su Faustino tan delgado… Se le fue la mano imaginándolo sumamente flaco, esquelético, casi metafísico. Por más que procuraba engordarlo con la mente no había manera, el tipo seguía en los huesos. Dulcísimo -inventaba Candela- Faustino la abrazaba en las siestas. Así fue como una mujer amó por primera vez a aquel muchacho; así fue como aquella muchacha tuvo por primera vez la suave compañía de un hombre que no la soliviantase. Por julio, mientras esperaba que la recogiera la Sonia para irse juntas a Zahora, llegó a escribirle una nota a Faustino: "Estaré fuera esta semana, riégame las plantas". La rompió de inmediato, recordando su empeño de separar realidad y fantasía, aunque no aguantó sus ganas de lanzar un beso al aire antes de cerrar la puerta de la casa. A su regreso encontró las aspidistras extrañamente frescas, los claveles retoñados, las orquídeas alegres, como dispuestas a echar a volar.

Aquel verdor extemporáneo no le hizo ninguna gracia.

La inquietud y el desvarío llegaron en agosto, en plena alerta naranja en la ciudad por altas temperaturas. El calor de Sevilla depone la cordura, desdibuja por entero la línea discontinua que hay entre vida y sueño y, si derroca el ánimo de sus próceres, qué escabechina no podría hacer con los pírricos cabales de Candela. Después de meses adscrita a buenos hábitos, al orden de los factores, al sin prisa pero sin pausa; después de tanto tiempo caminando de puntillas por la casa para no despertar su quimera, a Candela, una noche de insomnio de agosto, algo intrascendente le hizo perder el control por completo. El detonante: aquello que leyó en El Día de córdoba.

Ni el pañuelo mojado con agua fría sobre la frente le hacía conciliar el sueño aquella madrugada de agosto, cuando por el balcón abierto entraban los aullidos de los perros. Harta de dar vueltas en la cama, prendió la luz y tomó el periódico del día, por ver si la lectura de algún reportaje, entrevista o tribunilla de opinión conseguían por fin amodorrarla. Abrió el diario por la página de los relatos de verano, que aquella semana firmaba una tal Carmen Camacho. De súbito, los ojos se le fueron al título del cuento: La casa sobre el cine de verano. Ese fue el fin de toda su armonía.

Leyó, leyó un par de líneas, tres, no más de un párrafo. Se quedó de un aire. Se pellizcó los brazos, para entender que estaba despierta. Aterrada, revoleó el periódico contra la pared. Y de un volunto raro, Candela, encendida de ardor y miedo, se tiró de rodillas al suelo, las manos una con otra presas, para encomendarse al espíritu del 'Fausto'.

Los dientes le castañeteaban, el corazón parecía que de un momento a otro iba a salir despavorido del pecho. Se dio cuenta de que estaba llorando el pánico cuando lágrimas y babas comenzaron a bajarle por el cuello. ¿Cómo aquel descontrol, aquella pérdida de nervios, bajo qué alfombra había escondido su delirio todo este tiempo?

Como el Fausto de la leyenda, que por el conocimiento y el placer mundano entregó su alma al Diablo, Candela aquella noche se escuchó decir a sí misma, invocadora, implorante: "Ven a mí. Hagamos un pacto: por la paz de mi alma yo te entrego mi cuerpo. Toma, esta es mi carne, atroz Fantasma del Fausto".

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