La ciudad y los días

Carlos / Colón

La coartada Ojeda

31 de enero 2016 - 01:00

¡POBRE Ojeda! Quién le había de decir que su genio sería coartada para perpetrar mamarrachadas supuestamente cultas e historicistas que degradan las imágenes sagradas a maniquís. Ojeda es grande porque representó en la Semana Santa la época en la que Sevilla se reinventaba a sí misma en la arquitectura, la literatura, la música y la pintura. Por ser un genio supo convertir en bordados el ímpetu regionalista de aquella ciudad. Y hasta en una cofradía entera -nazarenos, armaos, túnicas del Señor, mantos, palio y hasta corona- en la que fue su obra maestra.

La de Ojeda era una Sevilla en la que las hermandades, gracias al instinto de los capillitas y el talento de los creadores, definían con exactitud los mundos que las sagradas imágenes exigían. Así Ojeda convirtió la luz de la Macarena en una cofradía, Farfán creó para el Calvario el primer paso de caoba y hachones, Gómez Zarzuela, Font de Anta y López Farfán hicieron música la belleza del Valle, la Amargura y la Hiniesta o Álvarez Udell y Olmo crearon la casa de oro del Patrocinio. Era la expresión de la vitalidad de aquella gran Sevilla de los primeros treinta años del siglo XX, resumida en una fotografía que da idea de su nivel: en un almuerzo celebrado en la feria de 1935 están sentados en torno a la mesa, entre otros, Núñez Herrera, Montoto, del Rey Caballero, Martínez de León, Chaves Nogales, Romero Murube, García Lorca y Jorge Guillén.

Cinco años antes de aquella fotografía había muerto Ojeda y cuatro antes Olmo había cerrado su taller. Un año más tarde, en 1936, aquella Sevilla se extinguió, fusilados unos (Font de Anta y Lorca), exiliados otros (Guillén y Chaves Nogales) y los demás -como con tanta melancolía escribió López Estrada refiriéndose al Romero Murube posterior al 36- recogidos resignadamente en ese estrecho gozo de los límites que implica una oscura conciencia de renunciación. Fueron hasta su muerte los últimos testigos de la gran Sevilla que la dictadura se llevó: López Farfán falleció en 1944, Gómez Zarzuela en 1956, Romero Murube en 1969, Montoto en 1970, Cayetano González en 1975, Laffón y Martínez de León en 1978 y Juan Sierra -el último- en 1989.

Inventen los mamarrachos de hoy lo que quieran, que si la Iglesia no tiene nada que objetar a esta reducción de las imágenes a maniquíes no voy a ser más arzobispista que el arzobispo. Pero no ofendan la inteligencia y la historia invocando a Ojeda.

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