La tribuna

Jose Manuel Aguilar Cuenca

Un dedo para señalar

EN el primer cuatrimestre del presente año se ha producido un incremento del 67% de muertes en lo que políticamente se ha llamado violencia machista. En vez de asumir su ineptitud a la hora de reducir las muertes de hombres y mujeres a manos de sus parejas, los responsables políticos de esta tarea, con el delegado del Gobierno Miguel Lorente a la cabeza, han vuelto a lanzar balones fuera, afirmando que aquellos que denuncian los abusos de la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género tienen alguna responsabilidad en dicho aumento. "Los debates sobre las denuncias falsas hacen mucho daño, quitan credibilidad, refuerzan la posición de los agresores y generan miedo e inseguridad en las víctimas", dijo el político citado. ¿Por qué en este país se tiene tanto miedo al debate? ¿Quién tiene miedo o inseguridad al denunciar? Si no me equivoco, no hay una sola mujer en la cárcel por simulación de delito "de género" en España. ¿No será que tienen miedo las mujeres verdaderamente maltratadas por algún miserable, a las que el juez no las cree porque muchas han venido antes a denunciar en falso? Para mostrar la reflexión intelectual que suele acompañar sus declaraciones achacó el aumento de las víctimas en Semana Santa a que "los periodos vacacionales pueden precipitar este tipo de conductas violentas", olvidando que el año pasado también hubo Semana Santa, y el anterior, y el anterior, y no se vieron acompañadas de semejantes cifras.

Una vez más en la historia (y ya van…) se comprueba que crear juzgados de excepción para detener en masa a ciudadanos no soluciona nada. Y esto es así porque la arbitrariedad nunca ha resuelto un problema humano; todo lo contrario, ha pospuesto la solución, como comprobamos, año tras año, con esta política fracasada. Sin embargo, sí ha resultado muy útil para construir una suerte de maquinaria que se alimenta del problema, subvencionada por los que alentaron la ideología, engrasada para pasar por encima de las leyes fundamentales que esa sociedad se dio a sí misma para la convivencia, como en nuestro caso ha ocurrido con el artículo 14 de la Constitución. Siendo esto así, ¿qué sentido tendría para esa maquinaria resolver el problema que le da de comer?

Una de las dificultades más peliagudas a las que se tuvieron que enfrentar los servicios de Inteligencia de todo el mundo fue la desaparición de los regímenes dictatoriales y represores de los países del bloque soviético. Los políticos de turno se vieron con centenares de miles de policías secretos, burócratas grises y delatores sin oficio ni beneficio que, casi de la noche a la mañana, se vieron sin medio de vida. Es lógico pensar que, la primera medida para evitar encontrarse fuera de las confortables alfombras del poder, sea culpar a los demás del fracaso propio. Todo vale con tal de prolongar la estancia en tan cálidas habitaciones.

La última iniciativa que los gurús de la igualdad al estilo Winston Smith han planteado ha sido la publicación de los nombres de los agresores. El juez decano de Madrid, José Luis González Armengol, ya ha señalado que dicha iniciativa podría afectar al derecho a la intimidad de las personas, calificándola de populista, recordando que los antecedentes penales de una persona siempre son "cancelables". El jurista habla de que constituiría una doble pena e irían contra el objetivo de la reinserción (¡otra vez la molesta Constitución esa!) Aunque al lector le sorprenda, el asunto de las listas no es nuevo. Ya se ha intentado con los infractores de tráfico y con los médicos que han sido condenados por negligencia. Ninguna tuvo larga vida y, ya puestos a hacer listas (¡cuánto hubiera disfrutado Borges!) ¿Por qué no hacer listas de homicidas, banqueros desalmados y violadores? Luego podemos seguir haciéndolas de etarras y, seguramente la más popular, una para políticos corruptos.

Otro asunto es el tema de la presunción de inocencia. El delirio al que estos políticos nos están llevando es el responsable del juicio paralelo que el tinerfeño Diego P. V. sufrió hace unos meses, cuando fue acusado falsamente de violar y maltratar a la hija de su pareja. Un informe médico detallaba golpes, quemaduras e indicios de agresión sexual en su cuerpo. Es ahora cuando me viene a la memoria una de las listas más famosas de la historia, la primera lista elaborada por el senador McCarthy en EEUU en 1952. Olvidando el principio jurídico de la presunción de inocencia, ante cualquier denuncia, el Comité de Actividades Antiamericanas aplicaba la presunción de culpabilidad. Era el acusado quien tenía que desmentir y aprobar su no pertenencia o simpatía por el Partido Comunista. Entonces como ahora, a quien levantaba la voz también se le acusaba. En aquel momento de rojo, ahora de machista.

Si bien la estupidez humana no ha cambiado, sí lo han hecho los adjetivos que utiliza. En aquella época, como ahora, aquella pesadilla fue sencilla de construir, y esto es así porque para señalar sólo hace falta un dedo.

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