Tenemos derecho a llorar

Hay que caerse y levantarse, limpiarse las lágrimas y salir más fuertes

Mazazo y al punto de partida

Qué buena vasalla si tuviese buen señor

Lágrima.
Lágrima. / M. G.

21 de enero 2026 - 04:00

Lloremos si es necesario, si no podemos más y hay que descargar el pecho de una angustia desgarradora, aliviar el pellizco que nos encoge el ánimo. Lloremos si no encontramos otra vía de evacuación con tanta información sobre la tragedia. Lloremos, lloren, si eso les devuelve la fuerza, el bienestar y el equilibrio necesario para soportar estos días de amasijos, congoja y oscuridades, de relatos sobrecogedores, de nervios al borde de la ruptura, de una contención dolorosa. Lloren en privado o en público, con o sin lágrimas, que llorar no es más que otra forma de expresión. Lloren si se sienten atosigados por fotografías de fiestas, comilonas, playas invernales, niños recién graduados, viajes supuestamente paradisíacos y otras muestras de vidas presentadas en rosa. Lloren como el niño al que le han quitado el juguete prestado y no distingue entre la propiedad y la posesión, lloren en un rincón para coger aire y seguir, lloren en el baño y digan que el jabón le ha enrojecido los ojos, lloren como al sentirse rasgados por efecto de una balada de letra honda, como el que se ve asaltado por un recuerdo feliz imposible de repetir, como el que sufre al ver a un hijo equivocado, como el incomprendido, orillado o injustamente tratado. Se nos han muerto cerca de casa muchos paisanos, se han acabado sus vidas de un mazazo, hemos sabido de sus familiares, de sus trabajos, de sus aspiraciones. Eran como nosotros, claro. Esta sociedad olvidará pronto a las víctimas y querrá que nos subamos de nuevo al tiovivo del consumismo porque hay que “disfrutar, darlo todo y aprovechar al máximo los momentos”, cosa que siempre se basa en beber, comer, bailar y viajar. Nunca nos dicen que hay que llorar, aburrirse o sentirse simplemente sin ganas de tirar para adelante. Lloren como les dé la gana, no se sientan mal por hacerlo.

Todos hemos cogido esos trenes una o muchas veces. Sí, pudimos ir en uno de ellos, pero fueron otros. No hay que recrearse en la fatalidad, ni ignorar que en la vida hay caídas, desgracias y tragedias. Y a veces nos asaetean con mensajes que ocultan, desenfocan o maquillan las desgracias y, por lo tanto, a la hora de la verdad no estamos preparados. Siempre hay alguna información con un psicólogo que nos aconseja en dos minutos cómo reajustarnos los muebles en la cabeza. ¡Bienintecionado, pero muchas veces insuficiente! Ese equilibrio tan buscado exige un cultivo cotidiano, como la forja del hábito de estudio o el ejercicio del músculo de la memoria. Lloren o manifiesten la tristeza. Después del derrumbe comienza la reconstrucción. Hay que reivindicar el derecho al llanto y al aburrimiento como está regulado el del olvido en internet. Nos protegen los datos, pero no las cabezas. El mundo está cargado de injusticias. Lloren como les dé la gana, serán más fuertes. Al llorar seremos más adultos. Y libres como niños.

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