Un disparate que salió bien

06 de enero 2026 - 03:06

El rascacielos de la isla de la Cartuja que los sevillanos siguen conociendo coloquialmente como Torre Pelli –su nombre oficial de Torre Sevilla no parece que fuera una buena idea– fue un disparate que, miren por donde, al final salió bien. Fue un disparate porque no tuvo su origen en una necesidad de la ciudad, sino en el sueño megalómano de sus promotores: las cajas de ahorro locales, ya fusionadas y sumidas en la crisis que las llevaría a su desaparición, y un Ayuntamiento dispuesto a dejar huella en la ciudad costase lo que costase. O si lo quieren con nombres y apellidos: el rascacielos se levantó porque así lo quisieron Antonio Pulido, hoy al frente de la poderosa Fundación Cajasol, y el alcalde Alfredo Sánchez Monteseirín. Y si salió bien fue porque cuando Caixabank se hizo con ella, como consecuencia de la absorción de la efímera Banca Cívica, y decidió tras no pocas dudas finalizarla y sacarla al mercado, supo actuar con la suficiente habilidad para convertirla en un destino atractivo para oficinas de postín, colocarle un centro comercial para dotar de vida a una zona que para los sevillanos era lejana y poco atractiva e instalar allí su Caixafórum, la factoría cultural que no había podido colocar –Sevilla tiene esas cosas– en las Atarazanas. Sin embargo, desde el principio, la entidad financiera tuvo claro que no tenía vocación de casero de la Cartuja y que en cuanto pudiera le daba el pase a un operador especializado. Es lo que ha hecho ahora por un precio que no amortiza ni de lejos el dinero que hubo que emplear allí, pero que le ofrece otras compensaciones.

Torre Sevilla ha sido, a pesar de todo, un éxito comercial. Las 18 plantas dedicadas a oficinas tienen cola de firmas punteras para las que instalarse en el rascacielos es una operación de imagen y el hotel que ocupa la mitad superior marcha a buen ritmo. Estos días, con motivo de la venta del edificio, se han recordado las encendidas polémicas que rodearon su construcción, con alguna prolongada paralización, y que incluso pusieron en riesgo que el centro monumental de Sevilla se mantuviera en la lista de Patrimonio de la Humanidad reconocido por la Unesco.

Hoy todo aquello forma parte de un pasado reciente pero bastante olvidado y el rascacielos forma ya parte del perfil de la ciudad, aunque su contemplación desde cualquier punto de Sevilla o de sus alrededores siga pareciéndole a muchos un atentado a las escalas locales. A la Torre le ha pasado algo parecido, salvando diferencias de todo tipo, que lo que le ocurrió a las setas de la Encarnación. Un proyecto que era abiertamente una desmesura, pero que Sevilla integró en un plazo muy corto como un recinto propio y que tuvo la virtud de revitalizar y poner de moda una zona del casco antiguo que estaba en una deriva de degradación urbanística y social.

Sevilla demostró en estos dos casos que es capaz de integrar espacios que, en principio, parece que no van a encajar nunca, pero que el uso termina poniendo en su sitio. Aunque no por ello dejan de ser disparates urbanísticos, en la forma y en el fondo.

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