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Ojo de pez

Pablo Bujalance

pbujalance@malagahoy.es

El entusiasmo

Proponer la extinción de la jubilación en el país con mayor desempleo juvenil debería bastar para la dimisión

El plan era perfecto. Se trataba, primero, de consagrar la precariedad como principio activo en virtud de la lógica que Remedios Zafra describió en El entusiasmo: las nuevas cuotas de desarrollo profesional son, además de estrechas y excluyentes, ridículamente mal pagadas. Pero la solución venía de serie: se trataba de aplicar a cualquier ocupación posible, gracias a la fascinación digital, la consabida etiqueta creativa para que, si el empleado o autónomo hace su trabajo por un salario con el que de ninguna manera le será posible aspirar a una vivienda y a unas mínimas condiciones para su existencia, con jornadas de catorce horas, pueda, al menos, sentirse realizado, pleno, libre, artista, objeto de veneración y reconocimiento en las redes sociales. La segunda parte del plan entraña la respuesta más clara a la pregunta consecuente: bien, si como trabajadores mantenemos durante décadas el esfuerzo por muy poco, prolongando ese entusiasmo juvenil hasta una madurez convenientemente maquillada de nueva adolescencia por los suplementos culturales de turno, ¿qué nos quedará cuando las fuerzas sean menos, cuando el agotamiento reclame lo que es suyo, cuando la razón y el sentido inviten a la jubilación? Pues eso, nuestro Gobierno progresista nos brinda la respuesta: no habrá jubilación. Háganse a la idea.

Esto, por supuesto, ya lo sabíamos. Lo interesante es cómo la segunda parte del plan se articula en los mismos términos que la primera. Si antes se trataba de aceptar trabajos con jornadas inasumibles y por un salario de mierda porque había que adaptarse a una nueva cultura del empleo, nuestro Gobierno dice ahora que hay que prepararse para mantener esa tónica hasta los 75 años para, igualmente, adaptarnos a la cultura de ciertos países europeos donde la productividad hasta pasada esa edad ya está más que asumida. Y es curioso, porque nadie en el Gobierno señala exactamente de qué países se trata. La Costa del Sol se sigue llenando de residentes jubilados y sesentones procedentes del Reino Unido, Francia, Alemania y Finlandia dispuestos a invertir aquí sus pensiones para comprarse estupendas mansiones a pie de playa o en inhóspitos pueblecitos serranos, así que, al menos en estos parámetros, ese supuesto modelo europeo brilla por su ausencia. Y luego, claro, está la evidencia de que proponer la extinción de la jubilación en el país con mayor desempleo juvenil debería ser motivo suficiente para la dimisión ipso facto.

Adivinen, eso sí, quién lo seguirá teniendo fácil para jubilarse a los 55 o para optar a las puertas giratorias. Ellos sí que saben.

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