César Romero

La estatua ecuestre (3)

Es 2006. El alcalde de una importante capital del sur de España ha retirado la estatua ecuestre del dictador anterior jefe del Estado. En un bando informa de los motivos de esta actuación, contraria manifiestamente a su voluntad. No revela dónde la ha mandado guardar. El más popular columnista de la ciudad escribe una pieza arremetiendo contra esta decisión. La joven promesa del periodismo local, redactor en otro diario, es convocado por su dirección para contrarrestar el efecto de esa columna.

La estatua ecuestre (3) La estatua ecuestre (3)

La estatua ecuestre (3)

¿Te crees que no lo he intentado? Pero el tipo es correoso, se las sabe casi todas. Y además ya no tiene edad de aventuras. No lo mueve de su periódico nada. Ni nadie. Es lo que siempre ha buscado. Un periódico asentado en su ciudad y él de cuidador mayor de su idiosincrasia, el defensor de sus costumbres y tradiciones, el sumo sacerdote de sus esencias. En tarrito, claro, y figuradamente, porque esta ciudad no da para más, sólo para tarritos.

Ten cuidado con lo que dices, que vivimos de esta ciudad.

Descuida, que el almíbar y el incienso, sobre todo el incienso, lo dejo para los editoriales, y ya tenemos la cuota de turiferarios más que cubierta.

¿Y si contraatacamos con un editorial? Frente a la postura radical, un editorial mesurado, justo.

No vale. No vale. Ellos son muy listos. Saben que sus lectores están con García Bullón, y en el fondo ellos son peores, si siempre apoyaron al dictador. No me mires con esa cara. Sí, nosotros también, por acción y más bien por omisión. Mea culpa. Pero a ver, dime: ¿cómo sobrevivir si no dábamos incienso de vez en cuando o mirábamos para otro lado la mayoría de las veces? A ti y a todos esos jóvenes que ahora os dais golpes de pecho quisiera haberos visto entonces.

Estás empleando sus mismos argumentos. Podíais haber hecho un editorial conjunto, o haber publicado el artículo de Bullón en primera.

Déjate de ironías. No podemos editorializar, porque las fuerzas vivas están en contra de quitar la estatua aunque sea lo políticamente correcto. ¿De qué lado nos ponemos? Ya sé que la otra ciudad no da la matraca, le da igual la estatua y, si me apuras, es partidaria de quitarla. Pero esa no sólo calla sino que no lee, o al menos no compra periódicos, se conforma con el gratuito de por la mañana y el chute de tele por la noche. Y pare usted de contar.

Pues saquemos algo en nuestro gratuito, ¿no?

Ya no es nuestro. ¿Pero tú en qué periódico trabajas? Mira, que te pongo en la puta calle.

Cuidado, que soy miembro del comité de empresa.

Tú lo que eres es un soplón, que para eso estás en el comité. Déjate de monsergas. Y más aún de amenazas sindicales. Verás. Como editorialmente no podemos decantarnos he pensado en ti. Tienes que escribir algo. Tienes que contrarrestar a García Bullón. Neutralizarlo. Tú sabes. Tienes su misma mala leche y casi tan buena pluma. No me mires así: te faltan treinta años para tener su buena pluma. Pero consuélate: en ese tiempo tendrás más mala uva. Escribe una de esas cosas tuyas, con mala leche a raudales y mucho mensaje entre líneas. La Empresa sabrá agradecértelo.

La asociación por la memoria histórica “Queremos saber” ocupaba la última bancada del Salón de Plenos Perdidos. Seguía la sesión. El orden del día incluía la aprobación de la Ordenanza para Regular el Arte de Exornar Mobiliario Urbano y Enseres para el Reciclaje de Residuos Sólidos Urbanos, desconocida localmente como ORAEMUS, la aprobación de la subida de las tarifas para el transporte urbano y la elección del trazado de la línea del Transporte Urbano Bipedal Ligero, para el que se presentaban los estudios arqueológicos y un plan de actuación llamado coloquialmente por los concejales “nuestra hoja de ruta”. El líder del principal partido de la oposición hablaba, el secretario dormitaba y el alcalde contestaba a un mensaje en su móvil cuando desde la última bancada empezaron a oírse silbidos y los ediles se quedaron mudos al ver cómo era desplegada una pancarta enorme en la que se leía la frase “¿Dónde la habéis escondido? Queremos saber”.

La presidenta del pleno conminó a que guardaran la pancarta y, tras oír los gritos que la tildaban de dictadora, fascista, yanqui y otros calificativos, ordenó a los policías locales que desalojaran el Salón. El alcalde solicitó la palabra y la presidenta mandó callar, pidió a la policía que no desalojara aún y abrió el micrófono del alcalde. El alcalde le dio a la opción de Enviar sin guardar y, sin esperar a que el mensaje de Enviado apareciera en la pantalla de su celular, tomó la palabra:

¿Acaso es un tesoro? Díganme, ¿la estatua ecuestre tiene algún valor una vez retirada de la vía pública? Ese es precisamente su único valor: estar en la calle, recordarnos que algún día existieron quienes en ellas son representados. No para celebrarlos u homenajearlos, sino para tenerlos presentes. Para los homenajes y las celebraciones ya están los Museos, las Fundaciones. Y a ningún Museo ni Fundación ha sido llevada la estatua, porque no hemos de venerarla, ni en su continente, pues su valor artístico es escaso, ni en su contenido, porque a quien representa no merece nuestro público homenaje. Pero tal vez sí debiéramos haberla mantenido en la calle: a veces es mejor tener presentes los malos ejemplos. Vivimos unos tiempos adocenados, uniformes, de sentido único. Se dice que en Alemania o en Italia es impensable que haya estatuas de Hitler o de Mussolini. Nada se dice, por cierto, de Rusia y Stalin. Pero claro, queremos compararnos con la locomotora de Europa, con Alemania.

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