La aldaba
Carlos Navarro Antolín
La lluvia que limpia, fija y da esplendor en Sevilla
Tirar explosivos para celebrar una victoria futbolística, para anunciar al amanecer que es el día de la patrona o para que quede claro que es último de año son costumbres. Las gozan quienes ganaron el derbi, quienes salen camino de una ermita y quienes están felices por estrenar el almanaque; bien está, si así nos parece. Pero, o sea: a quienes moleste el estruendo festivo que imita una batalla de artillería, que aguanten el tirón, aunque tengan sus razones para considerar que un campeonato de ocasión, un peregrinaje o un clímax cronológico no difieren mucho de un capricho. ¡Un capricho masivo es un derecho, hombre! Todos tenemos caprichos. Y si es con estrépito, nuestro derecho es, estamos en democracia (viejuna expresión). Es alegría, tradición y cultura popular; que se mueran los feos y los sosos. Ya tendrán ellos su día de gloria, leche. Y si no, que les den.
¡Cuidado!, la pirotecnia lúdica es un sector económico, con sus puestos de trabajo y sus familias y etcétera. Que haya quienes sufren intensa y cruelmente los bombazos, pues oiga, así es la vida, hoy por mí y mañana por ti: te jodes y bailas. Tampoco se mata a nadie. Vale, puede suceder que en la mismísima Suiza mueran algunas docenas y se lisien unos centenares por la pólvora de droguería, en una atestada discoteca en Nochevieja. ¡No haber prohibido las bengalas, autoridades! Triste guasa aparte, el rechazo de toda prohibición –la que no les afecte– es común a los virginales extremistas. Viva la libertad de joder (a mí, no, eh).
Hay en esto una trastienda. Otra pirotecnia emerge, la de barrio marginal. ¿Cómo se dice banlieu en español? ¿Suburbio? En Fin de Año, en los más suburbiales, después de anunciar la guerrita a explotíos, los veinte majaras quedan para pelear. Esta tralla sin horario, sus misiles y ráfagas de kalashnikov en falsete, a hierro de decibelios y cada vez más sofisticadas no la pagan los ayuntamientos (que a ver si toman nota y dejan de gastar dinero en ruido extra y hortera; que es contaminante, y un severo coñazo). La naciente pirotecnia de periferia máxima, cabe temerse, es una forma de decir “aquí estamos, esta es nuestra ley, y a ver si sois capaces de venir”. Comprometidos con trasero a salvo sostendrán que se trata de rebeldía ante el sistema, etcétera. El etcétera ya lo vamos viendo, si eso.
Subdesarrollo, boom.
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