Reloj de sol

Joaquín Pérez Azaústre

El fin de los tiempos

No puedo soportar esta tristeza. Se ha acabado El Bulli. Se han cerrado las puertas del gran centro mundial de la creación moderna. El Bulli no da cenas. Lo importante, estos días, no son las elecciones, como piensan algunos despistados. Lo importante no es diferenciar, o en su caso asociar, las nuevas estrategias de Alfredo Pérez Rubalcaba y sus políticas anteriores en el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. No importa Rajoy. Ni el doble gasto electoral, al no hacer coincidir las generales con las andaluzas. Aquí no importa eso. Ha cerrado El Bulli y Juan Ramón Jiménez se remueve en su tumba, y se agitan los huesos de Platero, y Antonio Muñoz Molina debe de estar pensando en una nueva novela que trate sobre un chef visionario del mundo en la cocina interplanetaria, y quizá Javier Bardem interprete algún día su adaptación cinematográfica. Si alguien piensa que escribo con ironía, se equivoca: en España pasan cosas importantes, pero nada es comparable con el drama del cierre de este centro referencial que pasará a la Historia de las grandes artes contemporáneas.

Yo he flipado mucho con El Bulli. Sobre todo, con su atención mediática. Alguna vez lo he dicho: vivimos en un país en el que el entrenador de la selección nacional de fútbol se hace miembro de la cofradía del nabo y se le dedican largos reportajes en todos los telediarios. Y si pasa eso con Vicente del Bosque, qué podemos todos esperar del eco natural de uno de los mayores visionarios de la modernidad. Lo hemos visto ocupando portadas en todos los periódicos y todos los semanales. En la televisión pública le han dedicado no ya programas, sino franjas horarias completas, en plan reportaje cultural de La 2, como si contaran la vida de Miguel Hernández. Se nos ha incrustado en las sienes ese gran concepto innovador de que la cocina, en sí misma, es un arte, y como tal requiere el seguimiento que ningún otro arte tuvo nunca: en este país, si dos novelistas como Juan Marsé o Enrique Vila-Matas publican una nueva novela, es bastante difícil pillarles en la tele. Ferran Adrià, en cambio, está cuando abre y cuando cierra; y además siempre innovando, y además siempre creando, porque olvídense ustedes del pintor Antonio López o del cineasta Basilio Martín Patino: la cultura, en España, es Ferran Adrià y su arte efímero del estómago más caro del mundo.

 

El Bulli ha dado, ya, su última cena. Ahora se convertirá en una fundación para investigar recetas siderales. No hay nada malo en ser cocinero, ni siquiera en ser un cocinero genial. Pero después de todo este rollo repetitivo de El Bulli y su maestro, vamos a regresar a unas miguitas normales en invierno y al gazpachito en verano. Entre tanta genialidad, Lorca se habría sentido un artesano.

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