La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Lacasitos, el enjuto y los garrotazos
Nuestro jefe de opinión, Luis Sánchez-Moliní, observó alguna vez que cuando digo América lo hago para referirme no a Estados Unidos, sino a Colombia, Ecuador, Argentina, Perú, México… “Como los toreros”, añade. Me halaga, no por mi afición taurina, que por sobradas razones es ninguna, sino porque acierta a intuir mi querencia por esa parte tan inmensa y variada del planeta. Que los yanquis llamen por narices y sinécdoque América a su parte y cultura me resulta una apropiación que no tolero. Mis quehaceres de escritora me han llevado hasta América (ya saben a qué parte exacta del mundo me refiero) lo bastante como para dejar allá buenos amigos. Quien ha estado de guachafita de gaita larga, alegre y tambora, o en la fascinante negritud del Pacífico; quien ha tomado chicha con los que cantan Cholo soy; quien entre el soroche paceño y las letras de El Papirri lo ha flipado; quien ha llorado con Cartola, Sosa, Bravo, Parra, con Juan Pablo Villa; quien ha bailado una noche de aguacero en el Viejo San Juan, sabe si aquello es lo suyo o no.
Viene esto por el show del artista antes conocido como Bad Bunny en la muy gringa superbowl: dosis altas de tex-mex audiovisual, que –tiempos estrafalarios estos– resulta subversivo para una Casa Blanca que ha dado de baja su propia web en español. Del espectáculo ha sido muy celebrado un instante: en la parte que recrea el fiestón de una boda, el cantante despierta a un niño acostado en unas sillas. X se ha llenado de mensajes como este: “Los gringos y los españoles nunca van a entender por qué nos erizó (sic) ver esta secuencia tan corta”. Alguien –para eso estamos– tendrá que decirles que tururú: sabemos en carne propia de qué va la cosa. No por americanos: por sevillanos. A quién de chico no lo acostaron entre dos sillas en la velá, la romería, la peña, la caseta…, y sus padres siguieron bailando y cantando hasta las claras. El mapamundi de la gozadera no es pequeño. El mismo domingo de la superbowl vi una peli turca donde una pelirrojilla dormía entre dos sillas durante una fiesta. Recordé la escena de Latcho Drom en la que una mujer ghawazi, después de bailar como una ménade, se saca una teta y le da de mamar a su criatura. Hay una corriente que une a las culturas y las gentes abiertas al contacto, la comunidad, el ritmo, el cuerpo, la fiesta, no como algo accesorio sino central de la existencia. Por su capacidad para lo que de verdad importa las conoceréis.
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