La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Tres absueltos de la pena de funeral
Todos los lugares del mundo tienen algo interesante que ver, pero es preferentemente en las ciudades donde hay más cosas que conocer, cuando de viajar se trata. Y no todas las ciudades son iguales. Las hay con monumentos históricos; otras gozan de una localización superior; las hay que ofrecen atracciones y cultura; otras seguridad, negocios y hoteles extraordinarios. Pero cualquier ciudad que aspire a estar entre las mejores del mundo, tiene que contar con restaurantes de alta gama en los que comer consista en una experiencia que vaya más allá que satisfacer el apetito y en los que la exclusividad y la excelencia culinaria se den cita para crear recuerdos imborrables.
Hay un turismo gastronómico que busca productos y sabores diferentes a los que conoce; también quienes desean encontrar la calidad que ofrecen los lugares en los que se produce, cría o pescan originalmente los alimentos; y luego están aquellos restaurantes más exclusivos, que no solo destacan por la calidad de sus ingredientes, muchos de ellos traídos de distintas partes del mundo, sino también por el talento y la creatividad de chefs de prestigio. Hace años viajábamos para descubrir las cristaleras de las catedrales; luego para ver un musical o un parque temático; y ahora se organizan rutas para degustar menús de más de diez platos a 300 euros por comensal. Es el precio que pagar por una experiencia sensorial única, puesto que en estos templos la gastronomía se eleva a la categoría de arte. Mantener un restaurante de alto nivel requiere una inversión constante en innovación, formación y actualización de las instalaciones, así como cumplir con exigentes estándares de calidad tanto con el servicio, como en seguridad alimentaria. Todo ello, sumado a la limitada disponibilidad de plazas, hace que la demanda supere a la oferta, reforzando así la exclusividad y el precio.
Nada por tanto que objetar a que una gamba macerada con cerveza alemana y caldo de verduras de la huerta de al lado cueste lo mismo que alimentar a una familia durante una semana. Quien pueda permitírselo, que lo disfrute, porque la creatividad y la excelencia se pagan. Pero si quieren vivir una experiencia inolvidable, acudan a uno de estos locales y pidan unos huevos fritos con un buen aceite andaluz. Descubrirán que lo extraordinario reside en vivir con pasión y mimo, aquello que catalogamos como habitual. Y que la felicidad está a nuestro alcance, mucho más cerca de lo que creemos.
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