Humildad y Paciencia: el arte arrodillado

25 de enero 2026 - 03:09

Compunción es el sentimiento o dolor de haber cometido un pecado y el que causa el dolor ajeno. Ambos están representados en el Santísimo Cristo de la Humildad y Paciencia, hoy en besapié. Su pequeño cuerpo resuena calladamente en la gran nave de Los Terceros como la voz tonante de uno de los grandes predicadores del siglo XVI. No hay en Sevilla otra imagen que logre, con más modestos medios expresivos, una más conmovedora expresividad.

Pone radicalmente en cuestión esta imagen de telas encoladas el concepto de perfección en la imaginería, en la que el alarde en el detalle y la maestría técnica pueden producir una obra tan artísticamente admirable como devocionalmente muda. En este oficio se va mucho más lejos de lo que el arte exige. No son estatuas, son imágenes. Y tanto la Academia como el pueblo saben que una imagen es una representación de la divinidad. Si Antonio Murciano tituló su pregón La palabra arrodillada, aquí estamos ante el arte arrodillado.

El pequeño cuerpo de este Señor de la Gran Compunción establece dos discursos. Uno es el histórico de Jesús derrumbado al límite no solo de sus fuerzas, sino de su ánimo. Todos, menos su Madre, Juan y algunas mujeres, le han abandonado. El que eligió como piedra sobre la que edificará su Iglesia le ha negado. Otro le ha denunciado. El primero se arrepintió y el segundo se ahorcó cuando comprendió lo que había hecho. Pero ni las lágrimas de uno ni la desesperación del otro impidieron que, en este momento, mientras espera una muerte atroz, esté solo y abatido. Lo hecho, hecho está. El abandono es absoluto. La soledad, total. La muerte, cierta. Y todo lo que de hombre había en Él se ha hundido en la tristeza, el desaliento y la decepción.

El otro discurso es atemporal. Veintiún siglos después las cosas no han cambiado tanto, la crueldad no ha menguado y el sufrimiento que causa sigue atormentando a los inocentes. Dios cansado de nosotros, sufriendo por nosotros. Este es el Jesús de Pascal que estará en agonía hasta el fin del mundo. Y en su agonía interminable pesan también la negación y el abandono.

Pero da fuerzas quien no las tiene, esperanza quien desespera, consuelo el desconsolado, clemencia quien no la conoció y compunción redentora a quien lo contempla: este es el milagro logrado por el anónimo imaginero.

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