¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
La Iglesia, quinto poder
EN la tragedia de Adamuz, la Iglesia Católica ha demostrado, una vez más, que es capaz de llegar a donde no lo hace el Estado y que continúa disfrutando de un gran prestigio simbólico entre los españoles. Para la gran mayoría de los ciudadanos, la Iglesia de Roma y sus ministros siguen siendo los legítimos mediadores entre los humanos y la trascendencia. Son los que saben las palabras exactas para abrir las puertas del cielo. Las familias de las víctimas de Adamuz han rechazado el homenaje laico que preparaban el Gobierno central y la Junta no solo por un gesto de rabia frente a los políticos que consideran responsables de la tragedia, sino también porque no reconocen ni a Pedro Sánchez ni a Juanma Moreno como sus representantes ante ese gran misterio que es la eternidad. Lo que puede lograr un humilde párroco de pueblo, el consuelo que da el rito, no está al alcance de la gran y compleja maquinaria estatal. Como dijo Bergamín, católico y rojo, “con los comunistas hasta la muerte, pero ni un paso más”.
De alguna manera, la Iglesia es un quinto poder (ya se ha dicho en alguna bibliografía). Montesquieu no lo vio, probablemente porque estaba cegado por las luces de su siglo; Azaña, tampoco, y puso su involuntario grano de arena para la Guerra Civil. Felipe González, sin embargo, lo comprendió perfectamente, quizás por su educación claretiana, y libró a España de tensiones innecesarias. Pero el sanchismo ha querido aprovechar el gravísimo asunto de los abusos sexuales a menores –milenario problema que no es exclusivamente eclesiástico– para ejercer su supremacismo moral sobre la Iglesia. De poco le ha servido, al menos en Andalucía, donde la religión católica y sus ritos siguen siendo la casa común de los afligidos por los zarpazos de la vida, para desconcierto de laicistas y comecuras.
Aquello que Max Weber llamó “el desencantamiento del mundo” no ha terminado de calar en estos lares. La racionalización y la secularización, evidentemente, han dejado su huella positiva, han generado una sociedad más libre, justa y eficaz, pero en Andalucía la hemos despojado de sus aristas más frías y abstractas; sabemos distinguir perfectamente lo que es de Dios y lo que es del César. Y las relaciones con los grandes misterios de la vida, con todas las excepciones que se quieran apuntar, se las seguimos confiando a la Iglesia, aunque después no la frecuentemos en años o no le hagamos caso a sus manuales de moral sexual. No nos han hecho falta Rosalía u otras operaciones de marketing para creer en lo que nunca hemos dejado de creer.
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