¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Los 'indepes' que Sevilla ensalzó

Bolívar, San Martín, Martí... Sevilla está plagada de monumentos a los 'puigdemont' del siglo XIX

Alguien, al ver el monumento ecuestre de Simón Bolívar en la Palmera, dijo con inspirada ironía: "Esto es como dedicarle una estatua a Puigdemont". En Sevilla, para que te inmortalicen en bronce, tienes que ser torero, papa, duquesa o independentista. Ahí está el chorlo de José Martí, en Plaza de Cuba, o el petit San Martín de la calle Torneo, que parece un príncipe de Disney con su banda, su bicornio y sus charreteras. Sin embargo, la oronda figura de Fernando VII, el rey absolutista y felón que se opuso al procés sudamericano del XIX, sestea abandonada y escondida en el jardincillo de la Torre de Don Fadrique. Quién sabe, quizás el fantasma de Waterloo tenga en el futuro su efigie en cualquier plaza de nuestra ciudad, ya capital de los Países Andaluces, esa unidad geopolítica irredenta que algún cráneo privilegiado ha soñado y que incluiría Andalucía, Murcia y el Algarve.

Es posible que hoy nos pueda resultar llamativa la escultura de Bolívar, pero en su día fue todo un símbolo de la nueva España democrática. Al fin y al cabo, son muchos los historiadores, empezando por el americano Guillermo Morón (el gallo Morón), los que consideran que la emancipación de América del Sur fue un capítulo más en esa interminable guerra civil que enfrentó, en el siglo XIX, a liberales y conservadores. De hecho, Riego (el del himno pachanguero de la República) se sentía más cerca intelectual y espiritualmente del mariscal, masón y depredador sexual venezolano (antes se decía mujeriego) que de un monarca faltuscón y retorcido como El Deseado. El círculo se cerró cuando, en 1981, el descendiente de Fernando VII, don Juan Carlos I, inauguró en Sevilla, junto al 42º presidente de Venezuela, Rafael Caldera, esta estatua ecuestre del caraqueño que los graciosos oficiales compararon con un rejoneador sin rejones (qué arte más grande). Eran los años del alcalde Luis Uruñuela y de ese pacto de perdedores de las izquierdas que le quitó el bastón al candidato de la UCD y ganador de los comicios, el ingeniero Rafael López Palanco.

Sevilla ha cumplido sobradamente con los puigdemont del XIX. No tanto con los que defendieron los últimos rescoldos del imperio de ultramar, como el médico militar Vigil de Quiñones, defensor de Baler, que dio nombre al desperdiciado y abandonado Hospital Militar de Sevilla (un pequeño busto lo recuerda). Ahora, en Lebrija, han encontrado la partida de bautismo de Miguel Pérez Leal, el más joven de aquel grupo de soldados que se agarraron a los últimos metros cuadrados del sueño colonial. Ni el oficial ni el guripa fueron toreros, duquesas o indepes, pero bien merecen este efímero obelisco de palabras que hoy erigimos en su honor.

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