Pablo Ferrand, el periodismo catalogado

Una figura fundamental para crear en Sevilla la conciencia en la defensa del patrimonio

La caseta perdida de la que nadie habla

Tablada no se inunda

Pablo Ferrand (1957-2026)
Pablo Ferrand (1957-2026) / Juan Carlos Muñoz

26 de febrero 2026 - 04:00

En Sevilla solo se debe aspirar al respeto. El personal se pirra por verdaderas estulticias de forma entre incomprensible e irrisoria, se busca enemigos gratuitos en la carrera por ser hermano mayor, trepan a escenarios donde lograr unos minutos de gloria, asumen con una naturalidad pasmosa el oficio de agradaor del alcalde o presidente de la Junta de turno, dan la paliza por la invitación a un acto de la Real Maestranza o un palco o balcón en los días de vanidades. Todo eso quedaba muy lejos de un sevillano fino, finísimo, que nos dejó ayer: Pablo Ferrand, de la quinta del 57. Fue la rama dichosa del tronco de su padre. Exquisito, educado en valores, en el seno de una familia numerosa de la que tantas veces me habló en la redacción de Abc de Cardenal Ilundáin, donde usaba el tipómetro y maquetaba sus propios reportajes para las páginas centrales sobre la conservación del patrimonio histórico. Cuánto aprendimos de sus crónicas del Aula Hernán Ruiz de Alfonso Jiménez, de sus informaciones sobre la Catedral y el Giraldillo, del caserío histórico, la cerámica trianera... Ferrand era sencillo y discreto, observador con un acidez que compartía con ese cuentagotas que exige el marco de la confianza (“Cuidado con aquel catedrático que es muy adulador”). Culto sin ser altivo, generoso como solo lo son los docentes y, sobre todo, independiente en el juicio sobre todo cuanto le rodeaba. Burgos y Ferrand potenciaron en Sevilla el género de la información de patrimonio histórico que la siguiente generación hemos tratado de continuar para que no muriera aquel espíritu del primer frente conservacionista del final del franquismo. Ferrand contribuyó con su trabajo a crear esa conciencia en defensa de todo aquello que hace de Sevilla una ciudad con personalidad propia, singular y reconocible. Sufría con los derribos de casas catalogadas, la alteración de las alineaciones, el aumento de las volumetrías por la especulación, los remontes que han crecido como champiñones... Qué tertulias mantenía con Antonio Burgos, Ignacio Medina Fernández de Córdoba y Joaquín Egea. Su último mensaje fue para promocionar actos de la “Asociación de docentes con vocación de transmitir a la sociedad sus conocimientos y experiencias”. Puro Pablo Ferrand.

Hasta el final se notaron los valores donde fue educado, en el hogar donde su padre, afamado periodista, escribía los libros en un ambiente de bullicio y júbilo por tantos hijos menores. Y Manuel Ferrand nunca se quejaba, según nos contaba su hijo en muchas ocasiones. Los periodistas, siempre acostumbrados al ruido. Hasta que Pablo un día se ganó el derecho al silencio. Dejó las redacciones con sigilo, como se ha ido a mirarle a su Cristo de las Misericordias. Una vida dedicada a la defensa de la Sevilla catalogada, donde ahora entran sus crónicas, tan necesarias por su rigor en tiempos del entretenimiento ligero. Ferrand y Santa Cruz, el periodismo y Sevilla.

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