¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Hotel España
Acaso no pueda hablarse de un habla andaluza común porque nuestra región -comunidades autónomas y nacionalidades aparte- es rica en variantes de hablas locales, comarcales o provinciales. Asimismo, de idiosincrasias, casi siempre emparentadas con los prejuicios, están hechos o se han acuñado, por la obra extendida del uso coloquial, muchos términos que denotan, más bien connotan, identidades señaladoras. Valga de ejemplo la malafollá granadina, que parece subrayar un rasgo del carácter, una compostura del comportamiento, que distinga, con una generalización casi siempre improcedente, a los nacidos en tan magnífica provincia. La etimología de este término, sobre todo si se busca con intenciones poco rigurosas por más rijosas, no parece dar con su razón genuina. Aunque la práctica de follar -soplar con el fuelle, eh- ejercida por un aprendiz inatento o desganado, en una herrería del Sacromonte, sin ayudar al buen forjado, llevó al maestro herrero a reconvenirle, con disgusto, la malafollá que tenía. Y, de ahí, a la ruda mala hostia, al mal aire, a la malafollá granadina que cuenta con algunos manuales y tratados para dar cuenta de su naturaleza próxima al humor irónico, al sarcasmo, muchas veces bien llevado por personajes singulares que, con el distinguido atributo de su malafollá, son aceptados socialmente y sus negocios más concurridos. Se pensara, en fin, que la malafollá es propia de esaboríos, pero habría que hilar algo más fino en la asimilación de estas dos voces e importa ahora dar cuenta de los miarmas sevillanos.
En este caso, más que referir un carácter de los aquí nacidos, miarma alude al sevillano como tal. De algún modo, se adopta a tal fin la retórica figura de la sinécdoque: de un uso apelativo, para llamar la atención del otro o declararlo amigo o ser querido, a la denominación de los nacidos en Sevilla por extensión de esa que se tiene como genuina manifestación de su carácter. Somos, entonces, miarmas para quienes, generalmente de provincias cercanas, dan con sevillanos en los casuales e informales encuentros donde es dado manifestarse con poca inhibición, una forma de decir con más naturalidad. Ahora bien, asimilado el sintagma "mi alma" al término miarma, por efecto de la contracción y el rotacismo -pronunciar la consonante l como r-, la popular sinécdoque ha hecho de las suyas. Aliada del estereotipo -una forma, a la postre, de prejuicio-, convierte en rasgo de entera identidad sevillana una manifestación cariñosa de afecto con no extendido pero sí popular uso. Y, por esa generalización coloquial, puede decirse que ya están aquí los miarmas cuando, sirva de ejemplo, llegan sevillanos de vacaciones a otras provincias andaluzas bendecidas por el mar. Como asimismo, buscando el guiño o con naturalidad expresiva, un paisano nos dice miarma como apelativo de arriesgada cercanía. Hace falta, por ello, un Manual del perfecto miarma.
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