La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

En la muerte de un buen profesor

Los mejores maestros son los que sacan el máximo del alumno, los que exigen y los que van más allá de transmitir conocimientos

En la muerte de  un buen profesor

En la muerte de un buen profesor

Somos los padres y los profesores que nos han educado. Mejor recordados cuanto más duros, cuanto más supieron exprimir nuestro talento, exigirnos, sacar lo mejor de cada uno, asumir muchas veces el papel de malos de la película para lograr un fruto que tal vez obtenga reconocimiento a largo plazo. Educar es en muchísimos casos un acto de generosidad infinita. Y superar en virtudes a quien te ha educado es tal vez el mayor premio para un maestro. Cuando se muere un buen profesor, riguroso y de espíritu alegre, pierde ante todo la sociedad del mañana porque las víctimas son los alumnos. Murió el pasado viernes en un accidente de tráfico don Jesús Carrión, preparador físico de los juveniles del Sevilla y docente del colegio Fomento Tabladilla. Carrión impartía clases a niños de ocho y nueve años de los que obtenía la mejor versión con esa mano izquierda de su vocación, con paciencia de agricultor que siembra, riega, espera y obtiene el beneficio. Como tantos profesionales de la enseñanza, este don Jesús hacía más de lo que se le exigía, cualidad de las personas entregadas al oficio.

Alegre como las mecidas del palio de su Virgen de la Estrella cuando pide marcha por San Jacinto para enfilar el puente. Pasional como abonado del club blanquirrojo. Muchos padres saben que una tutoría con don Jesús no era un trámite para discursos complacientes, sino un verdadero vaciado del discípulo para examinar todos los perfiles: desde el rendimiento académico hasta las amistades. Desarrollaba un concepto de educación integral donde siempre primaban el supremo interés del menor y su bienestar como primer paso para dar el máximo en cada asignatura. Dios sabrá por qué se tuvo que morir este hombre en una carretera el pasado viernes. La fatalidad, el destino, un instante de mala suerte... Espero y deseo que sus alumnos guarden el mejor recuerdo de don Jesús, como yo tengo presente con gratitud a los profesores que fueron más exigentes conmigo. Don Jesús no necesitó una ley que reforzara su autoridad como docente. Sus alumnos sabían que estaban tratando con el profesor. Así era respetado en un contexto marcado por el afecto. Hoy, que tanto se confunde la autoridad con el autoritarismo, que la exigencia y la dureza están mal vistas por mal interpretadas, son más necesarios que nunca estos profesores que van más allá de la transmisión de conocimientos. Forman jóvenes en la alegría de la fe, preparados para una sociedad hostil, sin esperar más reconocimiento que el del trabajo bien hecho. Y acaso que sus alumnos, nuestros niños, sean la lamparilla encendida de su memoria. Brille para don Jesús la luz perpetua de su Estrella.

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