La lluvia en Sevilla

Ese niño 'jarto e garbansos'

No sé si alguna de las personas que se dejaron guiar por mí en la ruta literaria que he realizado para esta edición de la Feria del Libro se quedaron descolocadas al verme hacer una paradita en el camino que va de la librería La Fuga al número 20 de la calle Amparo, donde estuvo la redacción de la revista Grecia. Me planté a las puertas de la casa natal de Paco Gandía, y allí lo dije: que entre mis primeras referencias narrativas estaba aquel señor hiperbólico, del mismo modo que tengo por poesía fundacional las nanas que cantaba mi abuela o los romances que sacaba mi tío abuelo. Hay relamidos que se dejarían cortar un dedo chico antes de esbozar ni media sonrisa al escuchar la tragedia de ese niño jarto e garbanso (transcrito sea a la manera de Demófilo, no con el forzamiento imposible de Er Prinzipito), relato que es seña de las hambres de Andalucía, el desarrollismo, de las gentes humildes -ellas entienden y ríen el chiste más que nadie-, y de ese empecinamiento atávico y autóctono que consiste en disfrutar más de colmar a un hijo que de colmarse a uno mismo, todo ello sin contar con la opinión del vástago indigesto, claro está. Criaturita mía.

Aún pervive en esta tierra uno de los elementos que nos distancia de la barbarie. Es el de reunirnos y relatar y reír en compañía, el de saber contar mentiras -nítidamente verídicas- con todos sus avíos sin necesidad de haber hecho un máster en narratología. Me gusta muchísimo sentir hablar a cierta gente de Sevilla. Aquí, los relatos de viva voz continúan revelando dominio narrativo e incluso rítmico, y una cultura que portamos como si nada. Nos solazamos con los vídeos de la sevillana de 83 años que comenta Juego de Tronos porque en ella reconocemos esa elegancia, frescura, sentido común y acerbo que vive en nuestra oralidad. Da igual cómo acaben las historias, amamos retozar en las palabras mismas que nos las traen. En el relato del gran entierro en Sevilla hay más vocabulario y referencias musicales y sociológicas que en todos los monólogos que se pergeñan a la manera gringa. Reconozco al pueblo que le salía por la boca a Paco Gandía, que les sigue saliendo a muchos sevillanos cuando se dejan hablar por hallar. A su vez, reconozco en Gandía a quienes a su trabajo acuden, con su dinero pagan. Y al malabarista que sabe sostener con calma las palabras en el aire sin que se le caiga ninguna. Reconozco incluso el decoro en el vestir como mejor se pueda y sepa, que es santo y seña en cualquier estrato social, cultural y contracultural de esta ciudad. Lo oral, tan denostado; lo popular, tan manoseado, aún brilla limpio entre muchos de ustedes. Así que déjenme que lo cuente muy lentamente otra vez: Ese hombre parao, que no cogía una cuchara ni para verse las anginas…

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