Polémica El dueño de un pub de Sevilla se muestra arrepentido tras no dejar entrar a jóvenes con diversidad funcional

Aquí, ¿quién piensa?

¿Es rentable pensar, políticamente hablando? ¿Estamos dispuestos a escuchar un modelo que nos aúne a todos?

Nos lo preguntó a bocajarro el compañero de este diario, Miguel Lasida, en una mesa redonda el jueves. Nuestro impagable Serrallé nos había convocado en la Casa de los Poetas -a dos venerables periodistas culturales de Madrid y Barcelona y al equipo local, yo misma- para hablar de la ciudad como lugar de creación. Andurreando por las ramas los intervinientes, el periodista (y licenciado en Farmacia, qué practico, diantres) nos atajó con esa simple pregunta: ¿Aquí quién piensa? Y nos dejó, ustedes me lo permitan, con el trasero completamente al aire. Diríase que, mirando a la ciudad que somos, pensar, lo que se dice pensar, pensamos mucho y muchos. Todos, prácticamente. Pocas ciudades tienen quien le escriba como Sevilla. En cada sevillano habita un cronista local, amén de los letraheridos que la glosan y los que ejercen el sevillaneo, que según Antonio Cascales no es lo mismo que el sevillanato. Cosas de este publicista y escritor genial, que se le entiende aunque se haya inventado un palabro.

Es obvio que Lasida no se refería a quienes se entretienen forjando teorías -algunas verdaderas joyas de la literatura- sobre la ciudad ensimismada, la destronada, la duplicada y otras variantes. Quería saber si hay un modelo, un proyecto de ciudad que tenga puestas las luces largas, que se anticipe a los imponderables, que prevea gracias y desgracias de este año Uno Pos-Pandemia. La ciudad como concepto es multifuncional: es nuestro modo de civilización, nuestra manera de convivir y como dijo el siempre lúcido Llatzer Moix, el embrión de la voluntad de convivir y hacerlo en igualdad. Aunque no es menos cierto que hay muchos modelos urbanos, desde el mediterráneo que nos llama a ocupar calles y plazas (hijo de la cultura romana con su poco de zoco) a ese que nos exige circular en vehículo, habitar superficies comerciales bajo techo y fragmentarnos en celdas tipo panal. Y que ambos conviven hoy y al mismo tiempo. Lo hacen a lo bestia en megalópolis como México DF, Pekín o Delhi, y moderadamente, en el formato mediano como es Sevilla o lo son Estocolmo, Amsterdam o Turín. Quien aspira a gobernar la ciudad seguro que la piensa, nos los cuentan en su programa electoral. A las universidades, la reflexión se les supone, como el honor a los ejércitos, aunque se acuda poco a sus diagnósticos. Porque ¿hacemos caso? ¿Es rentable pensar, políticamente hablando? ¿Estamos dispuestos a escuchar un modelo global que nos aúne a todos, o lo que reclamamos es qué hay de lo mío, sin que importe mucho cómo le va al vecino? Y reconozcámoslo, vivimos tiempos veloces, ávidos de inmediatez, clamorosamente impacientes. Te respondo Miguel: aquí mandan dos figuras de género- que no de sexo- femenino: la Urgencia y la Necesidad. Ellas, más que pensar, deciden.

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