Carlos Navarro ANTOLÍN

Cuando la política externaliza la credibilidad

UNA campaña electoral es lo más bonito del mundo". Así lo defendía hace pocos días una ex dirigente política en el reservado de un restaurante, libre ya de las ataduras del partido y de las limitaciones del cargo. Una campaña electoral descubre aún más la falsedad, la falta de espontaneidad y la premeditación que marcan la política de hoy, pensaba el interlocutor. Qué visiones tan distintas de un mismo mundo. Los partidos, sabedores de que estrangulan cualquier posibilidad de aire fresco que pueda entrar en sus casas, buscan fuera la llaneza, la honestidad y, al fin y al cabo, la autenticidad perdida. Ya no valen los independientes, hay que irse a los supermercados de los barrios. Los mismos partidos (todos) que han blindado los debates electorales hasta el punto de que los candidatos (todos) parecen papagayos en una sucesión de monólogos, tienen que exportar todo aquello que han ido perdiendo con el paso de los años. El PP ha dado un paso en este arranque de campaña y ha fichado al cajero de una pequeña superficie comercial de Su Eminencia para que diga aquello que los partidos ya no se atreven a decir porque la naranja de la credibilidad está hace tiempo exprimida. Pongamos otro ejemplo. El blindaje ha tardado muy poco en impedir algo de frescura hasta en las redes sociales, vigiladas ya férreamente por personal ad hoc. Si acaso dan para meteduras de pata de manual o para algún pecadillo por el exceso de desahogo de algún asesor inexperto, pero poco más.

El seguimiento que ha tenido el vídeo del súper prueba que el estilo de la calle cotiza alto en un mundillo tan hipercontrolado desde los gabinetes. Se supone que el cajero, que pone su rostro, que da sus nombres y apellidos y que aporta su testimonio, no se sujeta fácilmente a los dictados de quienes están acostumbrados a darlos y a recibirlos. El vídeo, además, aparece desideologizado, como le gusta decir al camarada Torrijos. Las siglas del PP no se ven. El nombre del candidato sólo se pronuncia una vez. El protagonista hace referencia a un tema de actualidad para huir de un vídeo desubicador, convencional e inclasificable en el tiempo. Los colores oficiales son sustituidos por los productos que va pasando por el escáner para su cobro. Todo un ejemplo de cómo la política compra en un supermercado lo que hace años perdió en los despachos, o lo que hace mucho tiempo dejó de ser posible en las plazas de abastos, con esos candidatos estrechando la mano de pescaderos y carniceros. Se nos rompieron los mercados de tanto usarlos.

La política apuesta por una suerte de externalización de la credibilidad. Que lo diga otro de tal forma que sea creíble por todos, que no parezca prefabricado. Vamos, que no parezca hecho o dirigido por políticos. Hagamos un vídeo tal que nos crean, que lo protagonice un ser blanco, sin aristas, que no pueda ser tiroteado por la otra trinchera, un hombre indiscutiblemente de la calle. Y se produjo el parto feliz. O, cuando menos, original. Ojalá en los debates reinara este ejemplo de frescura importada. Quizás entonces, una campaña pudiera ser una experiencia bonita.

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