Por montera

Mariló / Montero

Una pulsera y un perfume

19 de septiembre 2015 - 01:00

EN estas fechas de inicios escolares, he recordado una historia que contó la escritora Elizabeth Silance Ballard. Dice así: la señora Thompson daba clase en quinto. Aquel año, reparó en el alumno Teddy, descuidado, desaseado hasta oler mal, sin jugar con los demás... Las notas que fue sacando resultaron malas, y a peor. Y la señora Thompson comenzó a experimentar cierto placer cada vez que otorgaba un rotundo cero sus trabajos. En este colegio, los profesores tenían por obligación ir leyendo el historial de cada alumno. Thompson había ido postergando el caso de Teddy para el final. Pero cuando por fin lo leyó, quedó impresionada. El informe de primer curso decía: "Es un niño muy brillante, con una sonrisa sin igual. Limpio, buenos modales...". En segundo: "Teddy es un gran estudiante y se lleva muy bien con todos. Está preocupado por la enfermedad incurable de su madre. El ambiente en casa debe de ser difícil". En tercero: "Ha sido muy duro para Teddy ver cómo moría su madre". Y en cuarto: "Teddy está atrasado. No muestra interés. Se duerme. No tiene amigos".

Llegó la Navidad y los alumnos llevaron regalos. El presente de Teddy para la profesora vino mal envuelto en papel amarillento. Al abrirlo, se descubrió una vieja pulsera y un frasco de perfume casi vacío. Los niños se rieron, pero la profesora alabó la pulsera y se la puso, y se aplicó unas gotas del perfume. Teddy dijo: "Hoy huele usted como solía oler mamá". Dicen que desde entonces la profesora dejó de dar clase y comenzó a educar a sus alumnos. Teddy respondió rápido a los estímulos: al acabar el curso, se había convertido en uno de los más aplicados. Al año siguiente, el niño le dejó en casa una nota diciendo que era la mejor maestra que había tenido. Varios años después, le comunicaba que estaba a punto de graduarse. Y después, Teddy le dijo que había acabado la carrera y que iba a casarse. Su padre había muerto y le pedía que le hiciera el honor de ocupar en la boda el lugar de la madre del novio. La señora Thompson acudió al enlace... luciendo la pulsera y usando el perfume.

Lo curioso de esta historia es que la escritora, Elizabeth Silance Ballard, ha reconocido que en los últimos años se la han llegado a contar a ella misma como un caso real. Quizá es el mayor éxito para un fabulador: que su ficción se mezcle con la realidad. Valga como homenaje a los profesores que se esfuerzan por educar a los alumnos.

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