La ciudad y los días

carlos / colón

El último del barrio (I)

ME contaba mi padre que cuando la Inmaculada que hoy preside San Buenaventura recibía culto en el Convento Casa Grande de San Francisco le robaron todas sus joyas, amaneciendo un día desnuda de ellas. Y que el pueblo, al verla sin sus joyas tan hermosa y tan Reina como antes, si no aún más, dijo que era tan sevillana que permitió que se las robaran porque no hacía aprecio de sus riquezas. Según otra versión lo que el pueblo dijo fue: es tan sevillana que está aún más guapa sin sus joyas. Con la cara lavá, como se decía de las bellezas que no precisaban afeites. Y desde entonces hasta hoy le llamaron La Sevillana.

La Esperanza Macarena es tan sevillana como la Inmaculada de San Buenaventura. Más le quitan, y más hermosa se aparece. Así de sevillana, guapa mujer del barrio que no tiene mejor joya que su propia hermosura, la hemos visto cuando se apareció el Domingo de Pasión sobre la mesa desnuda de su paso, llenándolo todo de sí misma. Tan desafiante mirando de frente y sin miedo, tan poderosa en su crecerse hasta parecer que va a desbordar el palio, tan impaciente por echarse a la calle que los espléndidos varales le parecen barrotes. Y a la vez tan conmovedoramente frágil, tan maternalmente próxima, tan dispuesta a arremangarse y ponerse los manguitos y el delantal de las Hermanas de la Cruz para limpiar, curar heridas, acompañar vigilias en la cabecera de las camas y consolar penas.

Cuando está en su paso llena la Basílica entera. El Señor de la Sentencia, asomándose tímidamente sobre la proa de su barco desde la capilla de la Hispanidad, parece querer pasar desapercibido. Es sabido que la Esperanza hace invisible su portentoso ajuar, convirtiéndolo en nimbo de la gloria y la luz de su cara. El Señor de la Sentencia, en cambio, parece agobiado por los lujos que su hermandad y Juana Reina, por mano de Juan Manuel, Pérez Calvo y Joaquín Castilla, le obsequiaron. La portentosa túnica que luce estos días contradice la mansedumbre de su cara, creando un conmovedor contraste; y su lugar de honor, cara al pueblo en la proa del grande y espectacular paso, parece agobiar su modestia, como si echara de menos los tiempos en los que su desvalida y tierna mirada se dirigía a Pilatos y los fariseos sentados lo arropaban, dando con alivio la espalda a la bulla que se apelotonaba desde el Plata hasta la Torre de los Perdigones.

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