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Tengo 16 años. Se puede decir que pertenezco a una generación que, desde pequeños, maneja el móvil como si fuera una extensión de nuestra propia mano. Hace poco leí la siguiente pregunta en mi libro de Filosofía: “¿Por qué nos aporta tan poca felicidad esta magnífica tecnología científica, que ahorra trabajo y nos hace la vida más fácil?”. Y me puse a pensar posibles respuestas…

Quizá porque no es lo mismo “felicidad virtual” que felicidad real. Quizá porque, con tantas facilidades, cada vez es menor nuestra tolerancia a la frustración. Quizá porque la tecnología hace que estés más cerca de los que están lejos y más lejos de los que están cerca. O quizá sea porque, a veces, puede llegar a ser más divertido escoger en la vida un camino más largo y con dificultades como el que han encontrado, por ejemplo, mis padres…

Ocurre lo mismo con las pipas. Cuando me las tomo sin cáscara dejan de gustarme porque ya no “me las puedo currar”: dejan de ser entretenidas. Me pregunto qué pensaría Einstein –autor de la frase que he entrecomillado– si viera lo enganchados que estamos los jóvenes a esta “felicidad virtual”. 

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