Los irracionales excesos que siguieron a la muerte de Diego Armando Maradona confirman que, en gran parte del planeta, el fútbol se ha convertido en algo más allá del deporte, acercándose a una nueva y extraña religión de masas. Se trataba de un irrepetible jugador de cualidades excepcionales, hombre admirable por la cumbre que alcanzó, dada la humildad de sus orígenes, y que contaba con el apoyo de toda una gran nación, que, sin embargo, fracasó estrepitosamente en el juego ordinario de su vida. Rodeado de adoradores aduladores, parece que nadie le advirtiera de que sus mágicos pies eran tan de barro como los de todos los mortales...

Hace más de dos siglos Marx, desde su concepción materialista de la vida, comparó la religión con el opio del pueblo; ya que el cielo que aquélla prometía a sus creyentes anulaba el deseo por cambiar las cosas en este mundo. Si Marx hubiera conocido esta nueva religión de masas, posiblemente cambiaría el opio de su comparación por un estimulante, pues es capaz de generar unas adictivas pasiones susceptibles de derivar en imprevisibles consecuencias. Esto explica el interés de importantes grupos de poder, de toda clase y naturaleza, por patrocinar a los grandes equipos y jugadores. 

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