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Tribuna

javier gonzález-cotta

Escritor y periodista

Ciudad de circo

Ciudad de circo Ciudad de circo

Ciudad de circo / rosell

Tal vez en el pasado las ciudades eran más molestas e inhabitables. Decía Italo Calvino que su libro sobre las Ciudades invisibles era más bien un canto de amor a las ciudades, precisamente porque ya no podían ser vividas como tales. En las charlas que Marco Polo mantenía con el gran Kublai Kan se iban dibujando por voz del viajero imágenes de ciudades felices. Pero a medida que las urbes felices cobraban forma se desvanecían a la vez, continuamente, escondidas en las ciudades infelices.

Así más o menos, como alegoría de ficción, podemos imaginarnos ahora las ciudades en las que crecimos en los 70 y 80 del siglo pasado. Eran tal vez infelices en su aspecto (humo, tráfico, porquería, piqueta a las bravas). Pero en su interior, en los recovecos más ambiguos, uno podía entrever la felicidad o su parecido más o menos aceptable. Cierto es que las calles no eran del todo amables para el peatón (no digamos ya para el paseante contemplativo). Pero ahora nos preguntamos qué demonios está pasando para que estemos echando de menos las molestias de aquellas ciudades de antaño.

Quien viva en Sevilla podrá dudar sobre si ayer vivíamos mejor o peor que hoy. Sobre todo en la jaula de ocio en la que ha quedado convertido el centro de la ciudad (y no sólo el centro histórico). Se supone que el tránsito hacia el otoño debe llevarnos a la melancolía y a sus mejunjes. Pero en Sevilla nadie quiere saber nada de luces ebrias ni de la bilis negra que sabiamente nos legaron los maestros griegos.

Por todas partes se prodigan actos festivos, mamarrachadas y escandaleras. El espacio público se ha convertido en una corrala. El pueblo demanda distracción. Políticos de todos los colores y colorines les han enseñado a demandar entretenimiento. El espíritu de las ciudades se está pervirtiendo por la nueva metástasis: el ocio. Dicen, por ejemplo, que en Málaga hay quien se queja ya de cierta sensación postiza, que la ha convertido en ciudad musealizada.

En Sevilla, el contador de festejos está alcanzado picos insoportables. En el centro o en la periferia hermana no dejan de discurrir procesiones y yincanas cofrades (incluidos los bandos de cornetas y tambores para ponernos en aviso el día anterior). Aquí y allá nos topamos con acciones callejeras de lo más variopintas. Un día con motivo del día sin coche y otro para mostrar cómo se cultivan los huertos urbanos. De pronto amanecemos atrapados por la Carrera de la Mujer y su marea rosa. Y si no nos apetece participar de la vida en rosa, pues ahí están las pruebas solidarias o la Carrera Nocturna con 25.000 participantes. Jaula tras jaula.

El 9 de octubre se celebró el Día Mundial de la Hostelería (se supone que con la bendición de Santa Marta, patrona del gremio). Como anticipo a tan magno día, entre el puente de Los Remedios y el de Triana, se desplegó una barra de tapas de casi 600 metros. Se pretendía alcanzar el récord Guinness ofreciendo tapas gratis. El señor Antonio Luque, presidente de la Asociación de Hosteleros de la Muy Hostelera Ciudad de Sevilla, dijo que iniciativas como la súper barra de tapitas "ponen en valor nuestro trabajo y dan visibilidad a nuestro esfuerzo". Oiga, ¿visibilidad? Como si no fueran visibles los cientos y miles y millones de veladores que copan el espacio urbano.

Aparte, días antes, preguntado por la posible eliminación del cambio horario en Europa, el propio señor Luque dijo que, para Sevilla, optaba por el uso horario de verano mejor que el de invierno. ¿La razón? Pues "para poder disfrutar de las terrazas" con una hora más de luz. Ni que decir tiene que tenemos una idea de lo más calvinista acerca del trabajo. Una hora más de luz para contento de terrazas y veladores. Una hora más de luz para poder mostrar de día los tres barrios más miserables de España (Los Pajaritos, Torreblanca y Polígono Sur).

Hasta hace nada octubre se diluía bajo el dorado embudo del tiempo ordinario. Pero ahora discurre a golpe de fiesta y actividad para la masa. Pasó ya la Noche en Blanco, pero siempre habrá otra noche aún más blanca (y, si puede ser, todavía más novelera y ruidosa). En el entorno de las Setas, con su fallida vanguardia, el espacio estalla en decibelios con su musiqueo de rumbas y sevillanas. La armonía alcanza a los flamenquitos que alegran el tapeo con su cantecito y su arte en las terrazas. Los nativos van de un espacio festivo a otro con toda la artillería doméstica a cuestas. Por si fuera poco, la bullanga tiene ahora otra milla de oro en torno al complejo comercial de Torre Sevilla. El marbete oficial del nuevo invento nos vende que es otro espacio ganado para la cultura.

De vuelta al inicio, volveremos a oír los relatos que Marco Polo le contaba a Kublai Kan sobre las ciudades felices que se escondían en las ciudades infelices. Pero haremos justo al revés. Minoritarios, casi desvalidos, buscaremos la infelicidad que se oculta tras la ciudad supuestamente feliz.

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