Pues sí. Así de explícito y radical porque la realidad no se aleja del título de este artículo y Andalucía vuelve a estar sola y aislada.
Sola y aislada, tras el accidente ferroviario que nos ha dejado rotos de dolor por la pérdida de 46 víctimas, la mayoría de la provincia de Huelva.
No puedo imaginarme ese momento previo al accidente. Esos 20 segundos que fueron capaces de determinar un instante que lo cambiaría todo. Tanto, que familias enteras lloran una pérdida que a ellos les ha destrozado la vida para siempre. Una vida que jamás volverá a ser la misma porque sin los que faltan, los padres, hijos, abuelos y amigos que murieron de una manera tan inexplicable y trágica, nada, absolutamente nada será igual.
Y en medio de la desolación, el ruido y los insultos, Andalucía vuelve a estar sola y aislada. Porque, y por si no se han dado cuenta, a partir de ese día, del 18 de enero, hemos vuelto a aquellos años en los que cuando cogíamos el tren para ir a Madrid, te llevabas hasta tres bocadillos porque, aunque lo normal era tardar ocho horas, al final se podían convertir en diez o en once con mucha suerte.
Tiempos en los que se decía aquello de: “… España empieza en Despeñaperros”, con una gracia que a nadie hacía. Tiempos en los que a los de Madrid les daba pereza de venir hasta aquí porque estábamos muy lejos, decían.
No seré yo la que les quite la razón. La comunicación lo es todo. Es lo que nos acerca al mundo. La que hace que te conozcan. La que sirve de puente y de vía (nunca mejor dicho) para llegar pronto y bien.
Y sí, costó mucho hacer una infraestructura que fue pionera y ejemplo para un mundo que necesitaba estar más cerca e ir más rápido. Un tren de alta velocidad que desde el 21 de abril de 1992, fecha en la que fue oficialmente inaugurado nuestro querido AVE (un día después de que abrieran las puertas de la Expo’92) ha sido el encargado de situar a Andalucía en el mapa, no sólo a nivel turístico, sino que ha sido fundamental, indispensable y esencial (sin exagerar) para que nuestra comunidad prospere, tanto social como económicamente.
El AVE, desde entonces, ha formado parte de nuestro imaginario. Lo asumimos como nuestro. Ir a Madrid era cuestión de dos horas y poco. La señal inequívoca de que Andalucía, por fin, despegaba, de que ya no estábamos lejos y de que estábamos dispuestos a recibir y abrir nuestra frontera montañosa, porque teníamos un tren que volaba (literal).
No sé ustedes, queridos lectores, pero yo me sentía “importante” cuando me sentaba en mi asiento tan moderno. Algo que desde hacía tiempo no me ocurría porque le estaba cogiendo hasta miedo con tanto vaivén y traqueteo. Tanto que anulé un viaje a Málaga días antes del accidente.
Así que sí. Andalucía vuelve a estar sola y aislada. Al otro lado de Despeñaperros. Como hace años. Como hace tiempo. Como no debería ser y está siendo. Y así lo escribo porque también así siento Andalucía: sola y aislada.