En los hogares la falta de niños no se percibe como una ausencia. Es más bien una escena corriente y asumida sin polémica. Las parejas retrasan una decisión que juzgan prematura; los abuelos aprenden a esperar sin preguntar; las casas se piensan para dos, allí donde antes resonaban quizá cuatro. No hay drama; tal vez el reposo de un silencio espeso, o una lenta suma de pequeñas renuncias, casi siempre provisionales, que con el tiempo se vuelven definitivas. El desplome de la natalidad se ha explicado siempre en términos económicos: precariedad laboral, vivienda inaccesible, conciliación imposible. Aunque eso influye, no lo explica todo. Hay sociedades pobres con muchos hijos y sociedades ricas que han dejado de tenerlos. Quizá la pregunta ya no sea qué lo impide, sino qué ha cambiado en nuestra manera de percibir la vida, el cuerpo o el paso del tiempo.
Uno de esos cambios ha sido la consolidación del amablemente llamado paradigma de la salud reproductiva de la mujer. Bajo su retórica de liberación, el modelo ha hecho de la biología femenina un terreno a regular y, con frecuencia, a acallar. El cuerpo, que durante milenios fue entendido como don y mediación, ha pasado a ser un elemento sospechoso, materia prima disponible para la corrección. Y la fertilidad, otrora estación natural del cuerpo, se ha vuelto una amenaza latente; algo a vigilar para que la vida no se desborde. Así las cosas, la difusión masiva de los métodos anticonceptivos ha transformado el mundo de una manera sigilosa pero profunda, ha trastornado los ritmos biológicos de millones de mujeres y cambiado el modo de habitar su cuerpo. El ciclo, la espera o la posibilidad han quedado suspendidos, como el reloj que se detiene bajo una campana de cristal. Muchas mujeres han aprendido a vivir sin escuchar los signos naturales de su fertilidad, como si fueran un molesto rechinar de fondo que es más cómodo acallar. Pero ningún silencio es inocente. El bloqueo hormonal deja sus huellas en el ánimo, en el deseo, en el metabolismo y en la futura salud psicosomática. La mujer ha asumido como natural la carga de los efectos secundarios de una libertad anticonceptiva diseñada para que nada interrumpa su ritmo de vida; a cambio de una relativa autonomía ha sacrificado lo más íntimo de su identidad.
Además de fisiológica, la pérdida es también simbólica. Si durante décadas hemos normalizado la desconfianza hacia el cuerpo y asumido la posibilidad de engendrar como amenaza, era previsible que se debilitara el valor de la acogida, el cuidado y la disposición lenta y paciente que toda maternidad implica. Esa esencia, que ni siquiera se pierde de golpe, se va secando como una tierra a la que se le niega el agua hasta que un día enmudece. Se instala así una paradoja difícil de nombrar. Hablamos de elección, pero construimos un mundo donde elegir la maternidad es cada vez más costoso, tardío y solitario. Tal deseo se pospone como si el tiempo fuera infinito y, cuando al final llama, el cuerpo, ya seco y cansado de esperar, no responde.
La baja natalidad se mide en cifras; en cambio, sólo se explica como pérdida de sentido. Una sociedad que no engendra hijos vive de espaldas al futuro, plegada en un presente estrecho y estéril. Tener hijos es participar del gesto primigenio de la vida; darse sin reserva para que ésta continúe. Aunque no se trata de imponer modelos ni de prejuzgar decisiones personales, hay que reconocer que el hilo que unía las generaciones se ha afinado tanto que está a punto de romperse. Recuperar el deseo de futuro, más allá de medidas económicas, reclama una condición anterior y más honda: reconciliar la libertad y la fecundidad, el cuerpo y el significado; vincular el proyecto personal a la continuidad humana; y volver a mirar la maternidad con gratitud, no como una carga pesada, sino como un bien compartido. Un mundo que deja de nacer no muere de golpe, no, pero se apaga poco a poco, como una casa donde nadie enciende ya la luz al caer la tarde.