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Tribuna

José antonio gonzález alcantud

Catedrático de Antropología

Una peste cualquiera

Una peste cualquiera Una peste cualquiera

Una peste cualquiera / rosell

En esta primera pandemia de "peste" de la globalización -el famoso coronavirus que amenaza con paralizar el globo terráqueo- muchas preguntas se agolpan. La gente, dicen las noticias, para recrearse melancólicamente en el ambiente hogareño a que nos impelen por obligación higiénica, agota, entre otras cosas como las mascarillas y productos higiénicos, las ediciones de la obra maestra de la literatura existencialista: La Peste de Albert Camus. Ésta fue considerada la producción literaria más importante de la posguerra mundial, y trata de la llegada de una inesperada epidemia de peste a la ciudad argelina de Orán. El doctor que consultan las autoridades locales en un cónclave en la prefectura de la ciudad se pregunta en voz alta si se trata o no de la peste. Una vez que el médico consultado da afirmativo, la reacción del prefecto, escribe Camus, fue volverse "maquinalmente hacia la puerta como para comprobar si sus hojas habían podido impedir que esta enormidad se difundiera por los pasillos". El poder siempre ha tenido miedo cerval a compartir la verdad, ya que teme que la población en estado de irracionalidad se vuelva contra él. Sin embargo, hoy sabemos, gracias a Amartya Sen, premio Nobel, y otros, que las catástrofes naturales, incluidas las pandemias víricas, son más fáciles de combatir con la libre circulación de información. De nada sirve cerrar la puerta, como el mencionado prefecto. El secreto, tan querido por los poderes autocráticos, lo único que hace es permitir la aparición del rumor, y con él de todas las fobias posibles.

Desde luego, las ciencias básicas deben encontrar el antídoto al sopicaldo de murciélago que se zamparon unos inocentes y pobres chinos. Pero también las humanidades deben contribuir a encontrar razones para no repetir la histeria desatada. Si a alguien le cabía duda sobre la utilidad de las humanidades, como a los optimistas partidarios de la globalización sin freno, amantes de erradicarlas, baste recordarles que en momentos como éstos se muestra su función capital. La liberación de fondos económicos para los estudios médico-biológicos debe ir acompañada del abandono de las políticas de expulsión de las humanidades de nuestras vidas.

Y en esta senda, a la vista de los datos existentes, me parece necesario evaluar con instrumentos históricos las políticas de cuarentenas y asilo que se establecieron en el paso remoto y en el inmediato, para conocer la eficacia de su aplicación. El virus, a pesar de las necesarias disposiciones higiénicas, está ahí y va a continuar estando, y amenaza incluso a los más protegidos. A veces, como en la peste clásica, se difunde por lugares donde lógicamente no debiera expandirse, y se manifiesta en quienes no debería afectar. Su razón, si es que la hay, es ilógica, como la de todas las amenazas ignotas.

Contaba Antonin Artaud en su obra El teatro y su doble, en el capítulo llamado de manera precisa El teatro y la peste, que en la isla de Cerdeña, curiosamente uno de los pocos lugares de Italia a los que todavía no ha llegado ahora esta moderna peste, en 1720, el virrey del lugar soñó que un barco que arribaba era portador del virus, procedencia adjudicada, como tantos otros males, al Oriente. Ordenó al Grand-Saint-Antoine, que esos momentos estaba a un tiro de piedra de la ciudad, darse la vuelta, bajo amenaza de hundirlo a cañonazos. Finalmente, éste encontró puerto seguro en Marsella, donde sembró la epidemia por doquier. El primer efecto, constata Artaud, fue la desorganización social que introdujo la peste, puesto que al acabarse el mañana el futuro dejó de existir. Entonces, en medio de crisis semejantes, la única manera de restaurar el sentido, nos dice, es mediante la ritualidad teatral, es decir, enfrentando lo agónico con su puesta en escena. Escribe al respecto: "El teatro, como la peste, es una crisis que se resuelve en la muerte o la curación. Y la peste es un mal superior porque es una crisis total, que sólo termina con la muerte o una purificación extrema". Artaud señala que la peste afectaba a dos órganos de la voluntad, el cerebro y los pulmones. Por eso el teatro era eficaz como terapia curativa, puesto que movilizaba y mantenía activa la voluntad.

En la Italia de la posguerra mundial, en proceso de modernidad, un antropólogo, Ernesto de Martino, siguiendo los pasos de Antonio Gramsci, buceaba en las entretelas del atrasado y primitivo Mezzogiorno, y allí encontró la tarantella, un baile de trance practicado por los campesinos como medio de sanación de la picadura de la tarántula. Con la divulgación y valoración de su existencia provocó gran escándalo entre los que pensaban que la tarantella era sólo una "superstición". Ahora bien, quien participa del baile embriagador de la tarantella no deja de preguntarse por la eficacia del tarantismo, más allá de todo estrecho cientificismo.

Dicho lo cual, debemos volver a recordar a quienes ocupan el poder, que no solamente sean trasparentes en la gestión de crisis como la presente del Covid-19, por imperativo democrático, sino sobre todo que se acuerden de una vez y para siempre de la utilidad de las humanidades sin tener que llegar a experimentar el terror pánico. Sean razonables, ésta sólo es una peste cualquiera.

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