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Tribuna

Manuel Ruiz Zamora

Filósofo

Ni pin ni pon

Tendremos que ser los ciudadanos los que pongamos límites a la pretensiones de tiranía de la política sobre la sociedad. El 'pin parental' puede ser un refugio de la libertad

Ni pin ni pon Ni pin ni pon

Ni pin ni pon / rosell

El hecho de que yo haya podido optar por que mis hijas no reciban clases de Religión significa que el horrorosamente llamado pin parental ya se está aplicando de forma más o menos explícita. Es decir: hay ciertas materias que por su contenido estrictamente ideológico quedan fuera de la obligatoriedad. Ahora bien, ¿por qué podríamos rechazar las clases de religión y no las que aspiran a inyectarle en vena a nuestros hijos escatología de género, un mejunje no más científico, pero sin la capacidad de sugestión simbólica y literaria que al menos encierra la Biblia? Hay quien aduce que tanto A como B son inofensivos a todos los efectos, toda vez que, según las ultimas hipótesis de la psicología evolutiva, tanto el entorno educativo como el parental resultan a la postre irrelevantes al lado de la influencia, esta sí determinante, que ejercerá sobre ellos su círculo generacional. Es una tesis que considero parcialmente verdadera, aunque con flecos problemáticos, pero que, en mi opinión, ni siquiera debería plantearse, toda vez que su sola presencia en el debate ya implica la presuposición más o menos consciente de que los partidos políticos (no el Estado) tienen el derecho unilateral de intentar que los niños piensen según lo que ellos piensan que deben pensar.

¿Recuerdan toda aquella parafernalia grotesca de las plazas (de aquellos barros, estos lodos), en la que la gente gritaba, indignada, que los políticos no nos representan? Pues bien, lo único que querían decir es que los políticos no eran ellos. En un país tan proclive a la hemiplejia ideológica como el nuestro hemos dado por bueno que nuestros niños no deben ser adoctrinados, excepto si lo hacen nuestros correligionarios, en cuyo caso, no solo tendrán derecho a hacerlo con los nuestros, sino también con los de los demás. Por parafrasear al bueno de Walter Benjamin: a las pretensiones de adoctrinamiento femino-marxista que plantea el "comunismo", el "fascismo" le responde con el "derecho de los chicos a recibir una educación religiosa y moral". En una democracia con una clase política solvente el llamado pin parental (me parece mucho más correcta la denominación que le ha dado Ábalos: veto parental) debería ser innecesario, puesto que los niños, más allá de los ámbitos específicos del conocimiento, tan solo aprenderían valores democráticos y fundamentos constitucionales, que es, precisamente, lo único que en España no se imparte. Y así nos va.

Podemos discutir en abstracto hasta qué punto es lícito, en una democracia, que los padres opongan resistencia a las pretensiones de imperialismo ideológico de los partidos políticos, pero nos encontramos en unas circunstancias especiales, con una panda de arribistas sin escrúpulos que ni siquiera se molestan en ocultar ("los hijos no pertenecen a los padres") sus oscuras tentaciones totalitarias. Las expresiones más evidentes de dichas tendencias se materializan en dos prácticas estrictamente orwellianas: la contumaz pretensión de imponer una neolengua: "¿No ves que la finalidad de la neolengua - le dice el preboste del Partido al protagonista de 1984- es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente?"), y disponer del dominio del pasado ("quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado"). Para ello, el medio por antonomasia ha sido siempre la escuela, el desembarco en la mente de los niños (por cierto, en Platón ya están planteadas todas las premisas de dichas tendencias).

Mucho me temo que en esta legislatura vamos a padecer una extensión al resto del país de lo que ya ha sido ensayado, con innegable éxito, en Cataluña, esa vanguardia del bolivarismo en España. Por un lado, un ejercicio de adoctrinamiento sistemático, no solo en las escuelas, sino también a través de los medios del Estado. Por otro, la creación de una máxima tensión social, cuyo propósito será desactivar en lo posible el juicio crítico de los ciudadanos, a fin de convertirlos en rebaños de incondicionales y blindar así en el poder a una generación de políticos indeseables e incapaces. Que estos últimos se han convertido en uno de nuestros mayores problemas es algo que se encargan de reflejar con puntual contumacia todas las encuestas. Así pues, tendremos que ser los ciudadanos, si es que queda algo digno de tal nombre, los que pongamos límites a la pretensiones de tiranía de la política sobre la sociedad. Por eso, y de momento, creo que el pin parental es un refugio de la libertad. Que se sienten a negociar, que sean capaces de culminar ese pacto por la educación sobre el que llevan cuarenta años sin ponerse de acuerdo. Que consensuen una serie de valores básicos y que, mientras tanto, saquen sus sucias manos de las mentes de nuestros críos.

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