La Puebla de Cazalla. Donde se solaza el cante

En primer término, Pepe el Cachas con Fernando el del Central sentados en la plaza del cabildo.
J. Bernabéu/ Sevilla

10 de julio 2009 - 05:01

En la Plaza del Cabildo, varios técnicos se afanan ajustando el sonido para un espectáculo de baile flamenco que, cuando llegue la noche, pondrá en escena a El Rubio y su grupo, dentro de la programación previa a la Reunión de Cante Jondo. En ese mismo lugar, en uno de los veladores del mítico Bar Central, aguardan Pepe el Cachas, aficionao cabal, metido en la negra indumentaria de los artistas, y Manolo Catato, cantaor local.

A poco de iniciar la conversación se acerca Pepe Santos, concejal del Ayuntamiento morisco, y Pepe Reina, gerente de Prodepuebla. Y en esa reunión patriarcal -todos Pepes- el primer nombre que sale es el de Paco. Porque en La Puebla de Cazalla, Francisco Moreno Galván es santo y seña del flamenco, tótem al que se le deben todos los parabienes, todas las credenciales que este municipio sevillano mantiene en el universo jondo. Fue él quien, entre visitas a Ia sobrina de Lorca, Isabel, y a su marido, el escultor Eduardo Carretero, alumbró la idea original de la Reunión del Cante Jondo en su pueblo natal. Fue Francisco quien reivindicó la libertad del cante y su salida de los cuartitos, recogiendo el testigo de Antonio Mairena.

Pero la vocación, la profesión sin horarios ni calendarios de Francisco Moreno fue la pintura, y a ella fue incorporando desde el principio su pasión, su entrega al universo de lo jondo y su reivindicación de la honradez y la justicia para el flamenco.

Y en ese empeño, rememora El Cachas, "Moreno Galván marchó a Madrid, para mezclarse con la intelectualidad de su época". Fue en ese tiempo cuando sus dotes artísticas le llevaron a realizar decorados para el cine de las grandes producciones. Porque Samuel Bronston eligió a Francisco para que le hiciera fondos para Rey de Reyes y para El Cid. Era como si aquella grandeza que después reclamaría para el cante la plasmara antes en aquellas superproducciones.

Después llegaría el tiempo en que, reconocido entre la intelectualidad del momento y en los círculos flamencos de la capital, Francisco llevaría a Madrid a José Menese, Miguel Vargas y Diego Clavel, todos moriscos, que pasaron por los tablaos madrileños de la mano de Moreno Galván.

Era también el tiempo de las letras flamencas. Porque a sus dotes para la pintura, Francisco unía el maravilloso don de escribir versos tan flamencos como los que siempre cantó el pueblo. Como recuerda Pepe el Cachas, "Moreno Galván cogía letras populares, o de algún autor, y las transformaba, les daba otro aire, más jondo, más del pueblo aún". Y si no, cómo calificar lo que hace con la soleá que dice "por darle al viento trabajo/ me puse a coser con hilo/ las hojas secas del árbol". Esa trilogía perfecta la transforma para redondearla el de La Puebla de Cazalla, y remata diciendo "Por darle qué hablar a la gente/ me puse a pescar estrellas/ con una caña en la fuente".

Reunión de Cante Jondo, letras flamencas, carteles de todas las ediciones de la cita flamenca de La Puebla de Cazalla, todo alumbrado por el tótem, por un enamorado del flamenco que hace una década que falta entre los cabales de esta localidad de la Campiña sevillana.

Entra en la conversación, en el atardecer morisco, Fernando Guerrero, el del Central, que es el mítico bar en el que terminó de perfilarse la Reunión de Cante Jondo, y por donde han pasado y siguen pasando todos los flamencos del lugar "con frecuencia modulada", como le gusta bromear al propio Fernando. Este aficionado, que guarda en sus gafas mil instantáneas flamencas, recuerda cómo en su bar, una vez, y debido a su bohemia indumentaria, los propios vecinos de La Puebla confundieron a Francisco Moreno con un ruso, con abrigo hasta los pies, y largas y frondosas barbas y melenas.

En los últimos lances, rematan la reunión, la del velador en la puerta del Central, dos nuevos invitados. Uno es El Cachorro de Jerez, que nació "dos casas mas pallá que la Lola Flores, en la calle del Sol, número 9", y que hace las europas cantando en Bélgica, Holanda, Alemania e Inglaterra. Llega para la Reunión, a la que no falta desde hace más de treinta años. El otro que se sienta a conversar es Diego, el Clavel de la trilogía del cante morisco.

Y relata Diego sus inicios cuando, siendo un chiquillo, cantaba en los bares, en el mismo Central, que antes estaba a pocos metros de donde hoy se ubica, y en otras tascas del pueblo. De ahí a los años de Madrid, con Francisco Moreno y con José Menese, y a las anécdotas con Miguel Vargas, el cual tuvo que comerse dos raciones de sopa sin gustarle, cuando iban de invitados en una casa en L'Hospitalet, porque Diego también renegaba del pan migao y le endosó su plato.

Este cantaor deja entrever en sus ojos que conoce el cante, que lo tutea, "sin que eso signifique perderle el respeto" -como bien apostilla él mismo-. Ahí quedan sus antologías de la soleá, de los cantes de Levante, de la seguiriya, de la malagueña y de los cantes por Huelva. "No es que sean cómo deben decirse siempre esos palos, pero mal del no están" -espeta Diego con ironía-. El tablao de la Plaza del Cabildo ya está listo. Pepe el Cachas se queja de que las sillas que han preparado para el cuadro flamenco "no sirven", quizá porque en su cabeza se mantienen los cánones de seriedad y caché que Francisco Moreno Galván imprimió a la manera de concebir el cante en La Puebla de Cazalla.

Termina el rato de charla. En el aire queda el recuerdo del morisco que más ha peleado por lo jondo en esa localidad. Una década sin Paco, el mismo tiempo que pasa de la ausencia de Dolores Jiménez Alcántara, La Niña de la Puebla. Para junio de aquel año 99, el cartel de la Reunión ya estaba decidido, pero La Niña se marchó de repente. La organización cambió la propuesta inicial por un retrato en carboncillo de la artista. Pero hubo que remodelarlo otra vez, porque a los pocos días era Francisco el que se iba. Cartel compartido, La Niña y Moreno Galván. La Puebla de Cazalla resumida en dos ausencias.

Este año, Antonio Cruz García y su padre Rafael, delante de la fragua, protagonizan la imagen que anuncia la Reunión del Cante Jondo. Cien años del nacimiento de Mairena, diez de la muerte de Francisco. Principio y fin del cante cabal, que en La Puebla de Cazalla se solaza, se para, se complace, se gusta y se saborea despacio. Mañana sábado, los ecos en la Fuenlonguilla volverán por donde siempre.

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