Cofrades para la historia

De pronto se hizo mucha orfandad

  • Daniel Jiménez-Quirós Martínez (1957-2010). Abogado y siempre fiscal de paso en San Isidoro se enganchó a la Hermandad del Santo Entierro en sus tiempos de estudiante de Derecho

Daniel Jiménez-Quiros Martínez Daniel Jiménez-Quiros Martínez

Daniel Jiménez-Quiros Martínez

Sevillano hondo, como del rayo iba a engancharse con la Hermandad del Santo Entierro por los buenos oficios de su entrañable Guillermo Mira y también como del rayo nos dejaba el pasado 8 de febrero, justo un maldito lunes en que cumplía cincuenta y tres años. Daniel Jiménez-Quirós fue un sevillano entregado a las cosas de su ciudad y, sobre todo, a su historia. Gran conocedor de los arcanos de esta Sevilla, conversaba con entusiasmo de monumentos y de iglesias, de cofradías y a veces incluso de fútbol, aunque no pasaba de ser un bético meramente sociológico.

Como explicaba Antonio Burgos a su muerte, se escribía Daniel Jiménez-Quirós, pero se pronunciaba Dani el del Santo Entierro. Y es que la simbiosis entre él y la hermandad de San Gregorio fue una historia en la que hubo mucho amor. Nacido en Deán López de Cepero, su hermandad de toda la vida fue la de San Isidoro y ejercía de fiscal de cruz en cada tarde de Viernes Santo. Digamos que en cada tarde de Viernes Santo que la lluvia decía sí, por lo que, en realidad, no han sido tantos.

Daniel, nacido en Sevilla el 8 de febrero de 1957, pasó gran parte de su infancia en la casa del abuelo materno en Aracena y lo trajeron a la ciudad con seis años para estudiar en los jesuitas de Porta Coeli. Hijo de abogado, él también eligió dicha carrera, que cursó entre 1974 y 1979 en la Universidad de Sevilla. Allí coincidió con Juan Ignacio Zoido y ambos sellaron una sincera amistad que el político popular recuerda con mucho cariño y unas considerables dosis de añoranza.

Y allí en la Universidad, otro compañero iba a inocularle en vena el fervor por la Hermandad del Santo Entierro. Era 1977 y estaba la hermandad atravesando un tiempo de penurias que Guillermo Mira le haría saber. Eso avivó en Daniel el deseo de afiliarse, lo hizo ese mismo año y al siguiente ya formaba parte de su Junta de Gobierno. Y de esa junta ya no saldría hasta que vio culminado el anhelo de toda la hermandad en general y de él muy en particular, un Santo Entierro Grande.

En los ochenta participaba de una tertulia radicada en El Museíto, un bar de ambiente cofrade hoy llamado Iscariote y situado en la Plaza del Museo. Una tertulia que instauró un premio anual destinado a un cofrade destacado, el Jarrillo de Lata. Ahí, en una de esas entregas, tuve la fortuna de conocerle de la mano de otro tertuliano de indudable peso, Fernando López.

Estábamos en la Fundación Cruzcampo y se le entregaba el Jarrillo de ese año 2007 a Antonio Burgos en un acto que, desgraciadamente, se haría inolvidable. Cuando el acto había concluido y muchas tertulias estaban en su momento más sugestivo, una noticia nos iba a helar el corazón. Un SMS nos dejaba con los adentros encogidos: "Manolo Ramírez ha muerto". Ese era el texto del mensaje y al poco nos enteraríamos de que a ese amigo incomparable, queridísimo, se le había roto el corazón dando el pregón de la Semana Santa de Talavera de la Reina. Se hizo un espeso silencio, alguien dijo "a suspender" y cada vez que me encontraba con Daniel terminábamos hablando de aquella noche.

Por entonces, Daniel ya no era el hermano mayor del Santo Entierro, pero había visto cumplido su anhelo de un Santo Entierro Grande. Fue en 2004 y sin duda alguna resultaría el mayor momento de gloria en su vida de cofrade de Sevilla. "No voy a hacer un balance triunfalista de mis mandatos. No es el sitio ni el momento. Ni yo soy el más indicado para hacerlo. Esa tarea os corresponde a vosotros, aplicando la leyenda de un azulejo existente en un bar de nuestra ciudad que nos recomienda no hablar demasiado de uno mismo, pues ya se encargarán de hacerlo los demás cuando usted se vaya". De esa forma se despedía en un sentido artículo publicado en el boletín de la Hermandad del Santo Entierro.

Aparte de ser de San Isidor o de toda la vida y de dar la vida por el Santo Entierro, Daniel era hermano de la Sacramental de San Pedro y fue miembro del Consejo de Cofradías bajo la presidencia del también fallecido Luis Rodríguez-Caso y Dosal. Eso fue entre 1988 y 1992, cuatro años en que el Consejo dejó huellas indelebles para culminar mandato con aquel Santo Entierro Magno que fue algo así como el pórtico para los fastos del 92.

Daniel se casó el 5 de octubre de 2002 en San Isidoro con Reyes Iglesias Aguilar, a la que había conocido muchos años atrás como gran amiga de su hermana Salud. No tuvieron hijos, pero son legión los amigos que se quedaron huérfanos de Dani ese maldito lunes de febrero en que también un incendio mataba a seis ancianos en una residencia de Nervión. Un lunes no marrón sino negro negrísimo para una ciudad que embocaba la Cuaresma con mucho luto en sus adentros.

Tanta orfandad sintieron los amigos con su muerte que este año también se vestiría de luto ese Jarrillo de Lata que él vivía con tanto entusiasmo. El Jarrillo de este año, por unanimidad, fue a título póstumo para Dani. El pasado sábado se le hizo entrega a su viuda en la intimidad de San Gregorio y dicen que nadie escapó a la congoja por la ausencia del amigo, que es la peor orfandad.

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